Capítulo Final – Dos

18 octubre 2009

No quedaba demasiado para alcanzar el cráter. Atravesaban una niebla espesa que apenas dejaba ver a Cid hacia donde se dirigían. Tifa se encontraba en la cubierta inferior, apoyada en la barandilla. El ambiente era frío y húmedo. De pronto la niebla de disipó y el inmenso cráter apareció bajo sus pies. Las pequeñas nubes hechas jirones adoptaban formas fantasmagóricas y giraban alrededor de la gran apertura. El silencio sepulcral de aquel lugar le ponía los pelos de punta. Se asomó un poco más y clavó la mirada en la negrura del cráter. Entonces un viento frío chocó contra su cara. No estaba segura, pero le había parecido oir un susurro arrastrado por aquel viento.

– Es Sephiroth – explicó Cloud, que había aparecido de pronto al lado de la muchacha. Tifa se sobresaltó -. Su poder deforma la realidad, ralentiza el tiempo, aisla el ruido. No dejes que afecte a tu ánimo. El miedo es su mayor arma.

El viento sopló de pronto con mucha fuerza. La voz de Sephiroth era ahora clara, aunque el mensaje era ininteligible. Vientofuerte zozobró con fuerza y ambos cayeron al suelo. Corrieron al puente de mando con los demás. Cid hacía milagros para conseguir estabilizar la nave, pero cada vez se hacía más difícil. Cloud dio órdenes al grupo de recoger sus armas y víveres. Vientofuerte dio varias vueltas completas y empezó a perder altura, inclinándose por la parte delantera. Barret tomó a Yuffie en brazos, pues la muchacha se había desmayado. Cid tiró de varias palancas y pudieron oir como ciertas partes de la nave se desprendían y caían al vacío. Aun así la caída era inevitable. El capitán no dejó los mandos en ningún momento. El suelo estaba cada vez más cerca. Cerraron los ojos y esperaron el impacto, que llegó con gran estruendo. Vientofuerte se estrelló violentamente contra la pared del cráter. Por suerte Cid había sido lo suficientemente hábil como para posar la parte inferior de la nave contra la pared del cráter. Los daños eran importantes, no obstante.

Se deslizaron como pudieron por las paredes de los pasillos de la nave. La escotilla de salida estaba obstruida, de modo que salieron por la cubierta inferior, que estaba medio enterrada. Al posar los pies sobre la pared del cráter debieron hacerlo con cuidado, pues la grava era traicionera. Cid fue el último en abandonar la nave. Observó los daños desde fuera y se arrodilló.

– ¡No es posible! ¡Mirad mi nave! ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo vamos a regresar? – preguntó a todos y a nadie.

En ese momento el cielo se iluminó y un sonido atronador pudo oirse en todo el planeta. Miraron al cielo buscando la respuesta, pero la niebla les había aislado por completo.

– Será mejor que no perdamos tiempo. Meteorito acaba de entrar en contacto con la atmósfera. Es cuestión de horas – explicó Cloud mientras echaba a andar.
– Pero, ¿y la nave? ¿cómo vamos a volver? – insistió Cid.
– Creo… que eso no está en los planes – le dijo Barret en tono amable mientras le extendía la mano para que se levantase.

En ese preciso instante se dieron cuenta del sacrificio que demandaría su misión. No habría regreso. El plan era adentrarse en las entrañas del planeta y combatir a Sephiroth. No había planes más allá de eso. Con el semblante serio y en silencio avanzaron lentamente en círculos, rodeando el inmenso cráter, descendiendo en espiral hacia la oscuridad.

La tierra se desprendió y arrastró al grupo hacia el abismo. Se deslizaron a ciegas por un túnel prácticamente vertical que poco a poco iba suavizando su pendiente. Acabaron su viaje en una estancia que podían intuir bastante grande por el eco. Red encendió un fuego en su cola capaz de iluminar el camino. Sin mediar palabra Nanaki inició la marcha y todos le siguieron. Su olfato era el mejor guía.

El aire estaba viciado. Al principio tuvieron una ligera sensación de asfixia, pero sus pulmones acabaron adaptándose a la nueva situación. Les llegaban sonidos lejanos de criaturas inmundas. Gruñidos, aullidos, graznidos… debían estar alerta. Tras arrastrarse en fila india por decenas de túneles laberínticos llegaron a una estancia rebosante de makko. El fuego de Red ya no fue necesario, pues el resplandor de la energía vital lo iluminaba todo por completo. Algunos sintieron un ligero mareo. Bordearon los lagos de makko, maravillándose de aquel yacimiento natural subterráneo. De pronto Cloud alzó un brazo en señal de alerta.

– Cuidado ahora.

Una horda de bestias subterráneas se abalanzaron sobre el grupo. Arañas, murciélagos gigantes, trasgos y demás bestias desconocidas brotaron de todas partes. Se pusieron en guardia, pero bastó un ligero movimiento de muñeca de Cloud para que todos los monstruos cayesen calcinados, electrocutados o simplemente reventados. Ni siquiera le hizo falta dejar de caminar. Sus compañeros quedaron estupefactos.

Pero todavía quedaba un último rival. Al final de la estancia, obstruyendo el único túnel que permitía seguir avanzando hacia el escondite de Sephiroth, había un enorme dragón de las cavernas. Se encontraba reposando, pero al notar la presencia del grupo sus brillantes ojos se inyectaron en sangre. Se incorporó sobre dos patas, mostrando su colosal y aterradora altura. Abrió su enorme boca y escupió una gran llamarada. Tifa y los demás cerraron los ojos y se cubrieron con los brazos, pero no pasó nada. Cuando los abrieron pudieron ver que Cloud había apagado las llamas con algún tipo de hechizo.

Esto enfureció aún más al dragón que se abalanzó sobre ellos. Con un rápido movimiento, Cloud le hizo un corte con su espadón en el vientre. El corte se propagó por el pecho hasta la cabeza. Pudieron ver las entrañas de la criatura desparramándose sobre el suelo, humeantes. Con un sólo movimiento Cloud había acabado con él.

– La madre que… – empezó a decir Cid.
– No hay tiempo. Avancemos – dijo Cloud enfundando su espada tras varias vueltas sobre su cabeza.

El poder de Cloud era simplemente irreal. El grupo estaba totalmente hipnotizado. Más bestias inmundas se interpusieron en su camino, pero ya nadie intentó acabar con ellas. El poder de Cloud invadía todas las estancias, eliminando todo rastro de la inmunda vida que allí habitaba. Entonces les llegó un rugido familiar. Sabían perfectamente qué clase de bestia era capaz de proferir semejante sonido. Una única en su especie. Un horrible ser extraterrestre cuyo único objetivo es la destrucción.

– Jénova… – anunció Cloud deteniéndose por un instante – Esto complica un poco las cosas.
– ¿Cuál es el problema? – le dijo Barret desde atrás – Aplastaremos a Jénova y luego a Sephiroth.
– No tenemos tanto tiempo. La tarea podría llevarnos demasiado tiempo. Meteorito está a punto de alcanzar la superficie del Planeta.
– No temas por eso – terció Vincent adelantándose a los demás -. Tú déjanos a Jénova y encárgate de Sephiroth.
– No puedo hacer eso, Jénova es un rival demasiado poderoso. Necesitáis mi ayuda.
– ¡Eh, zoquete! Somos capaces de encargarnos de esa alimaña apestosa sin tu ayuda. ¿Por quién nos tomas? – contestó Cid intentando aparentar más convencimiento del que tenía.
– Tú te encargas de Sephiroth – repitió Vincent mirando a Cloud a los ojos -. Nosotros no podemos ayudarte a destruirle. Si no lo haces tú, nadie lo hará.
– Está bien, avancemos.

Debieron escurrirse por un último agujero que Barret maldijo hasta la saciedad. Al final del agujero se toparon con el mayor yacimiento de makko que jamás hubieran visto. Era una estancia enorme llena de estalactitas de Materia. En el fondo había un mar de makko que escupía lenguas de energía vital hacia el techo, donde parecían solidificarse en forma de Materia. El lugar perfecto sobre el que construir Neomidgar, según la visión de un shinra. Sin duda Sephiroth no había elegido aquel lugar al azar.

Por toda la estancia flotaban plataformas rocosas que desafiaban a la gravedad. Una invitación jactanciosa de Sephiroth, y una demostración más de su infinito poder. En la plataforma que se encontraba más cercana al makko se hallaba Jénova, totalmente inmóvil. Su respiración era dificultosa.

Su visión resultó extremadamente desagradable. El torso de la criatura era apenas distinguible, pues de su espalda brotaban infinidad de tejidos putrefactos y llenos de pústulas que se superponían hasta formar una gran masa amorfa y hedionda. De su parte frontal brotaban dos tentáculos acabados en huesudas manos. Probablemente algún día fueron brazos. Era un ser horriblemente desfigurado.

Jénova notó la presencia del grupo y rugió una vez más. Empezó a moverse y su cuerpo rompió a palpitar por todas partes. El suelo por el que se arrastraba quedaba impregnado de sangre y pus.

– Maldita sea. Solo de verla ya me entran ganas de reventarla – apuntó Barret.
– Y, ¿a qué esperamos? – le dijo Red.
– ¡Avalancha! ¡Allá vamos!

A la señal de Cloud todos saltaron desde las alturas y se abalanzaron sobre la despreciable criatura. Estaban dispuestos a acabar con ella de una vez por todas.

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2 comentarios to “Capítulo Final – Dos”

  1. Kuraudo said

    Mmm nunca me pareció que Cid pudiera desconfiar de su nave ni que pudiera asustarse así… ó lo tal vez entendí mal ^^¡

  2. tuseeketh said

    Kuraudo,

    hasta al más religioso le flaquea su fe en algún momento de su vida. Eso es lo que nos hace humanos.

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