Capítulo XIX – Siete

9 noviembre 2007

– ¿Has dormido bien? – le preguntó Aerith mientras le acariciaba la tez.

Estaban tumbados en la cama. Un rayo de sol entraba por la ventana y dibujaba un trapecio en el suelo. Cloud se levantó y se sirvió un zumo del minibar. Cuando se hubieron vestido decidieron bajar al vestíbulo para ver qué era de los demás.

Cuando llegaron, encontraron a Cid sentado en un sofá individual, fumándose un cigarrillo.

– Buenos días, pareja – saludó.
– ¿Dónde están los demás? – preguntó Cloud.
– Ya mismo deberían volver, han ido a desayunar al bar del hotel.
– ¿Tú no desayunas? – le preguntó Aerith.
– Si tengo que esperar a que os levantéis para desayunar… – soltó una bocanada de humo hacia el techo -. Hace horas que he desayunado.

En ese momento aparecieron el resto por un portón que había al lado de la recepción.

– ¡Buenos días! – saludaron.
– ¡Al fin habéis bajado! Os habéis tomado vuestro tiempo, eh – Barret se acercó a Cloud -. Entonces, ya es oficial, ¿No?
– Puedes llamarlo así – dijo Cloud adoptando su pose habitual, con los brazos en jarra.
– ¡Eeeeeh! – gritó Barret mientras rodeaba la cabeza de Cloud con su gran brazo y lo estrechaba con fuerza – Enhorabuena, muchachote, es una gran mujer… ¡Y muy guapa! – dijo sonriendo a Aerith.
– ¡El que faltaba! – exclamó Cid levantándose del sofá.

Cait Sith bajaba las escaleras lentamente. Tenía la cara totalmente reparada y lucía una capa nueva.

– Buenos días a todos – dijo con su voz de pito y su habitual tono de júbilo.

A Cloud y a Aerith se les descompuso la cara. Observaron bajar al gato, que se les acercó.

– Me siento como nuevo – les dijo -. ¿Partiremos ya?
– Sí… – respondió Cloud – partiremos hacia el templo de inmediato.
– De acuerdo – Cait había leído entre líneas el consentimiento de Cloud para que hiciera de guía.
– No obstante – prosiguió Cloud -, tengo que contaros algo – Cait Sith lo miró con sus enormes ojos de gato. Ahora que conocía la realidad de Sith, a Cloud le parecía que la apariencia de aquel robot era siniestra -. Veréis, ayer por la noche me encontré con Zeng, de Los Turcos. Me robó la Piedra Angular.
– ¡Malditos Shin Ra! – exclamó Barret de forma automática. Todos esperaban de un momento a otro que aporreara cualquier objeto cercano.
– ¿Zeng picó a la puerta de tu habitación para robarte la Piedra Angular? – preguntó Red, mientras movía el rabo de forma nerviosa.
– No, en realidad me lo encontré mientras daba una vuelta con Aerith por el parque.
– Y, ¿Llevabas la piedra contigo? – le interrogó de nuevo Red, con su mirada escrutadora intentando averiguar qué era lo que ocultaba Cloud.
– Así es… – respondió Cloud de una forma muy poco convincente.
– ¿Cómo sabían los Shin Ra que estábamos en Gold Saucer? No sé si soy el único al que todo esto le parece muy extraño.
– No lo eres – intervino Vincent. Dicho esto le entró un ataque de tos aguda y tuvo que retirarse por un momento.
– Bien, sea como sea, nos han robado la piedra y debemos ir al templo para recuperarla -terció Sith -. Yo conozco la ruta, podríamos llegar en unas horas si el potrillo sigue donde lo dejamos.
– ¡A qué esperamos! – exclamó Cid – No nos demoremos más.

Tras algunas deliveraciones más, partieron de Gold Saucer. Cloud dejó una nota para Dio en la recepción del hotel. “Para Dio. Ya nos marchamos del parque. Gracias por tu hospitalidad y por dejarnos la Piedra Angular. Debes saber que tienes a espías de Shin Ra trabajando en tu parque y que van detrás de tu piedra. Cloud.”. Consideraba a Dio un aliado, y esperaba no haber errado su juicio.

Tomaron el funicular y bordearon de nuevo la villa de Corel. Cuando se hubieron alejado lo suficiente y el hedor de Corel hubo desaparecido, volvieron a conversar. Yuffie y Barret comentaban lo que iban a encontrar en el templo, haciendo predicciones algo surrealistas. Tifa se acercó a Cloud.

– Enhorabuena.
– ¿Por qué?
– Por lo vuestro. Ya sabes, tú y Aerith. Hacéis muy buena pareja – le dijo ella sonriendo.
– Gracias, Tifa.

Se hizo un silencio incómodo.

– ¿Va todo bien? – le preguntó Cloud. No sabía por qué, pero de pronto le parecía como si Tifa estuviera a miles de kilómetros de allí. Le costaba mantener una conversación con ella, cuando en realidad, era con la única persona con la que podía hablar habitualmente.
– Sí, claro. Estoy un poco nerviosa. El templo y eso, ya sabes.
– Tranquila. Nos encontraremos a los Shin Ra. Es probable que debamos enfrentarnos a Zeng. Pero no temas.
– Lo sé – a Tifa le reconfortaba escuchar la voz de Cloud cuando se acercaba alguna adversidad. Sabía que a su lado no corría ningún peligro -. No tengo miedo si estás conmigo.
– Me alegro – le dijo Cloud a la vez que la rodeaba con su brazo.
– Oye, Cloud.
– ¿Sí?
– Me preguntaba… si cuando todo esto acabe. No sé, si tú y Aerith estáis juntos… yo no quiero volver a Midgar…
– Que yo esté con Aerith no quiere decir que me vaya a separar de ti cuando todo esto acabe. Yo tampoco quiero volver a Midgar mientras Shin Ra tenga el control. Podríamos buscar algún lugar apacible, al sur, y empezar de nuevo todos juntos. ¿Qué te parece?
– ¡Genial! – le respondió Tifa con una sonrisa – Me parece un plan estupendo – se sentía reconfortada.

Por suerte, el potrillo les esperaba en el mismo lugar en el que lo habían dejado amarrado. Montaron de nuevo y pusieron rumbo al este. A Aerith se le hizo un nudo en el estómago. Ninguno de ellos podía imaginar qué les deparaba el Templo de los Ancianos.

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