Cid Vientofuerte

Cid Vientofuerte

Corazón aventurero y soñador. La vida de Cid siempre ha girado alrededor de Shin Ra S.A. Desde muy pequeño soñó con surcar el cielo. Siendo ya muy joven demostró gran habilidad para pilotar todo tipo de vehículos aéreos. Pasó la adolescencia sobrevolando los vastos montes del norte en su avioneta. Pronto sus necesidades se expandieron y sintió deseos de llegar a las estrellas. Una mañana leyendo el periódico supo acerca del proyecto de exploración espacial de Shin Ra, y que necesitaban a un piloto experimentado al que formar para la expedición. Es imposible explicar el fervor con el que Cid empacó sus cosas y marchó hacia Midgar para presentarse voluntario.

No le fueron necesarias demasiadas pruebas para salir elegido para la misión. Asistió y ayudó a la organización en todo lo que pudo para que el proyecto saliese según lo previsto. Lucía orgulloso su indumentaria de capitán por las instalaciones. Se convirtió en una persona bastante mediática durante un tiempo. En los noticiaros solía aparecer su foto al lado del prototipo del cohete que Shin Ra había hecho público. Se le bautizó como “el primer hombre en el espacio”. Muchas personas intentaron acercarse a él en aquellos tiempos, pero solo una consiguió llegar al corazón del piloto. Su nombre era Shera, formaba parte del grupo de ingenieros encargadados del diseño del cohete.

El día del lanzamiento Cid lucía una sonrisa de oreja a oreja. Habían construido la base de lanzamiento al norte de Nibelheim, lejos de cualquier poblado. El cohete, bautizado como Shin Ra nº26, se erguía desafiante, mirando hacia el cielo, esperando salir despedido. Cid pasaba los días paseando por el interior, arreglando cualquier pequeño desperfecto que encontraba. Momentos antes del despegue, Cid corrió a reunirse con Shera para despedirse. “Shera, , me voy hacia las estrellas”, le dijo. Pero ocurrió que Shera, revisando una última vez los tanques de oxígeno, encontró una pequeña avería. No quería retrasar la misión ni un minuto más para no decepcionar a Cid, de modo que se dispuso a arreglarlo en el último momento. Cuando hubo acabado, decidió revisar los demás tanques por si pudiera haber otra avería. La cuenta atrás empezó, pero Shera no había acabado su trabajo. Cid le espetó por el altavoz que lo dejase estar o moriría por el extremo calor que produciría el cohete al despegar. Pero Shera estaba dispuesta a morir por el bien del proyecto y del capitán. Incapaz de dejar morir a Shera, Cid canceló el lanzamiento a mitad del proceso y el cohete se inclinó ligeramente.

Desde el incidente Shin Ra aparcó el proyecto. Cuando descubrieron la energía makko la empresa dejó algo más de lado la industria armamentística y el proyecto de exploración espacial para dedicarse de pleno a la extracción. Cid se volvió una persona uraña y gruñona. Desarrolló ciertos vicios como la bebida y el tabaco. Su aspecto físico desmejoró notablemente. Dejó de afeitarse a diario y se acostumbró a llevar siempre la misma ropa de aviador. Odió a Shera por haberle arruinado el sueño de su vida. Disfrutaba maltratándola verbalmente. Pero ella aceptaba su penitencia, pues se culpaba de haber arruinado la vida del capitán.

Un día el presidente de Shin Ra murió asesinado y su hijo tomó el relevo. A los pocos meses de estar al mando fue a visitar a Cid a Ciudad Cohete, la aldea que construyeran de forma provisional los shinra alrededor del cohete y que había devenido un pueblo de más de un centenar de habitantes. Cid pensó que el nuevo presidente buscaba reabrir el proyecto de exploración espacial. Nada más lejos. El presidente había venido a requisarle lo único que le quedaba: su avioneta. Por suerte para él, un grupo antishinra llamada Avalancha hizo despegar su avioneta antes de que la confiscaran y le ayudó a escapar con ellos. Desde ese momento odió profundamente a Shin Ra y decidió unirse al grupo rebelde por un tiempo, debido a la falta de alternativas.

Viajó largo tiempo con aquel grupo y llegó a ganarse el respeto de todos ellos. Aunque nunca lo reconoció, la misión que llevaban a cabo le dio un nuevo motivo por el que vivir. Como si de un regalo se tratase, el camino les llevó hasta el mismísimo espacio a bordo del Shin Ra nº26. Cumplió su sueño. Ahora se encontraba pilotando Vientofuerte alrededor del mundo. Debía acercar a Cloud y a Tifa al continente del Norte, pero desconocía el motivo. Después de eso dispondría de dos días para ir adonde él quisiera y encontrar un motivo para seguir luchando.

Se despidió de sus amigos y puso rumbo a Ciudad Cohete. Presenció la destrucción que había provocado el cohete al despegar y luego miró a Meteorito. Se encendió un cigarro y entró en su casa, que no había sufrido daños el día del lanzamiento. Allí estaba Shera fregando un par de platos.

– Hola, Shera – saludó.
– ¡Capitán! ¿Qué haces aquí? ¿Ya… ya no se puede hacer nada más por el Planeta?

Cid le explicó la situación a Shera. Como la historia se extendió más de lo debido, decidieron preparar algo de café. El capitán la ayudó a servirlo.

– Así están las cosas – concluyó Cid dándole el último sorbo a su café -. Ahora debo encontrar un motivo por el que luchar. ¿No te jode? Después de todo y así estamos.
– Y, ¿lo tienes? – le preguntó ella.
– Pues… no lo sé. ¿Salvar el mundo no es suficiente? No sé qué cojones quiere que le diga ese zoquete.
– No tienes elección.
– ¿Perdona?
– Eres imprescindible. Nadie más sabe manejar Vientofuerte, y lo necesitáis para llegar al Cráter. ¿No lo ves? Si tú no vuelves, no importará lo que elijan los demás, porque no podrán llegar.
– ¡ESO ES! – exclamó Cid levantándose de repente, tirando la silla al suelo – Debo ir porque necesitan una nave y un capitán para su misión y, joder, ¿quién mejor que yo?
– ¡Bien dicho, capitán! – Shera le aplaudió con una sonrisa.
– ¿Mi razón? Es fácil: soy imprescindible. ¡Zoquetes!

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