Capítulo XXI – Tres

9 noviembre 2007

La expedición de montaña estaba acabando con todos ellos. Yuffie había enfermado y Red se sentía mareado. Por suerte, no volvieron a pasar sed, aunque sí algo de hambre. Aunque ahora tenían algo de comida (la carne de lobo se conservaba bien a esa temperatura), las paradas eran escasas y nadie se atrevía a decirle a Cloud que parase.

Sin que nadie lo esperase, Cloud paró en seco y dio media vuelta.

– Debo comunicaros que lo peor ha pasado. Hemos llegado a la parte más alta de Iciclos. El camino empezará a descender poco a poco ahora.
– ¿Me estás diciendo que aun nos quedan días de marcha? – le respondió Barret.
– Así es.
– ¡No podemos seguir así! – le espetó Cid – Mira a la niña ninja, ¡Está enferma! Y todos, estamos exhaustos.
– Podéis volver si queréis, pero hay la misma distancia a ambos lados.

Todos miraron al suelo comprendiendo la verdad de aquellas palabras.

– ¡Maldita sea! – gruñó Barret golpeando el suelo – Estamos en medio de ninguna parte. Vamos a morir de frío.
– ¿Adónde se supone que nos dirigimos? – preguntó Tifa.
– Al norte – respondió Cloud sin concretar demasiado.
– No lo vamos a conseguir.
– Hay una pequeña aldea no muy lejos de aquí.

Todos miraron a Cloud con un brillo renovado en sus ojos. Quizá era esperanza.

– Y, ¿por qué no lo habías dicho antes? – le preguntó Barret.
– No me lo habíais preguntado.

Cid echó una carcajada falsa.

– Eres un maldito cabronazo. ¿A qué esperamos?

El hecho de que hubiera una aldea esperándoles reavivó los ánimos un poco. Siguieron caminando y, como Cloud había dicho, empezaron a descender. Barret cogió a Yuffie en brazos, pues estaba muy mareada.

Tras una loma en forma de duna apareció como un espejismo la aldea. En realidad aquello no podría llamarse aldea en los sitios de donde ellos provenían, pero en aquel lugar era un gran pueblo. Había cinco casas de madera con tejas oscuras que hacían resbalar la nieve. No había nadie en la calle, aunque por las ventanas podían ver el resplandor de las chimeneas.

Todos se sobresaltaron al ver aparecer de la nada un hombre mayor vestido con gruesas ropas de piel y lana. Los miró de arriba a abajo con los pequeños ojos verdes que asomaban bajo su pasamontañas.

– No solemos tener visitas aquí. Parecéis extraviados.
– ¡Por favor! – suplicó Barret de rodillas – Esta chica está enferma. Nos morimos de hambre y frío. Acójanos en su casa.

El hombre miró al extraño grupo, prestándole mayor atención a Red.

– Claro… – respondió finalmente, vacilante – vayamos a la aldea. Cuando entréis en calor ya hablaremos.

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