– Ya queda poco, emerge – ordenó Cloud.

El submarino atravesó la superficie del mar y el aire chocó contra la parte superior del casco. La playa estaba cerca.

– ¡Maldita sea, ese bicho está realmente cerca! – gritó uno de los operarios.
– Tranquilos. Leviathan ha cumplido con su cometido. Arma no se atreverá a venir tan cerca de la costa – lo tranquilizó Cloud.
– ¿Cómo lo sabes?
– Porque no puede vivir fuera del agua.
– ¿Cómo lo sabes?

Cloud pareció molesto. Se acercó al operario y acercó la cara a la suya. El operario pudo ver el makko revolviéndose en el interior de los ojos de Cloud.

– Porque yo he visto que cosas que nadie más ha visto – fue su respuesta.

Como Cloud había anunciado, Arma se detuvo en seco. Todos suspiraron y centraron su atención en llegar a tierra. Cuando el submarino estuvo peligrosamente cerca de la costa el oficial rompió el silencio.

– Si avanzamos más encallaremos.
– Está bien, podéis dejarnos aquí. Llegaremos a la costa a nado – repuso Cloud -. Gracias por todo.
– ¿Qué? – intervino Barret – ¿Le estás dando las gracias a un puto shinra? ¡Esta escoria no merece seguir con vida!
– Debemos irnos – repuso Cloud haciendo caso omiso.
– ¡Escúchame! ¿Ahora te has vuelto una hermanita de la caridad? – le gritó Barret cogiéndole del brazo – Estos tipos se van a chivar a sus superiores de todo lo que ha pasado aquí. No podemos dejarlos ir sin más.
– Han colaborado sin intentar nada. Lo justo es que los tratemos de la misma forma. Voy a dejarlos marchar.
– ¡Son unos malditos shinra! – Barret se estaba poniendo histérico.
– ¡No sabes que circunstancias de sus vidas les han llevado a unirse a Shin Ra! ¡No puedes juzgarlos de esa manera, sólo se ganan la vida lo mejor que pueden! – le gritó Cloud liberando su brazo con una sacudida – ¡Debemos hacer pagar a los verdaderos culpables de todo lo ocurrido! Y créeme, Barret. Lo vamos a hacer.

Ring, ring. El PHS sonó.

– Al habla Strife.
– ¡Maldita sea! ¿Dónde demonios estábais? No os he podido localizar. En fin, no importa. Escucha; es urgente: debéis ir ahora mismo hacia Ciudad Cohete.
– ¿Qué es lo que…?

Cloc. “Maldita sea, me estoy cansando de este juego.”.

– ¿Era Sith? – preguntó Red.

Cloud asintió.

– ¿Adónde hay que ir ahora?
– Ciudad Cohete. Sith nos ha estado intentando contactar. Dice que es urgente.
– ¿Qué demonios pasa en Ciudad Cohete? – intervino con una voz ronca Cid.
– No lo sé, no me ha dado detalles.

Cid se acercó a Cloud y lo agarró por el cuello.

– ¡Oye, niñato! A mí no me trates como si fuese uno de estos zoquetes. Dime qué está pasando en Ciudad Cohete o de aquí no se mueve nadie.
– No lo sé – repuso Cloud con tranquilidad -. Te aconsejo que me sueltes y pongamos rumbo a Ciudad Cohete cuanto antes si quieres averiguarlo.
– ¡Me cago en…! – soltó el cuello de Cloud – Como le hagan algo a mi cohete lo pagarán caro; como que me llamo Cid Vientofuerte.
– Deberíamos apearnos. Tenemos un trecho hasta Vientofuerte – sugirió Cloud.
– Sólo una cosa más – intervino Vincent que se había mantenido ajeno a la discusión hasta el momento.
– ¿De qué se trata?

El ex-Turco avanzó a grandes trancos hacia Cloud. Tomó el espadón sin su permiso y abrió el compartimento de Materia. Estaba vacío.

– ¿Podrías decirme cómo has sido capaz de utilizar Materia… sin tener Materia?

La pregunta sorprendió a todos, especialmente a Cloud.

– Ya no la necesito – se limitó a contestar.
– ¿Cómo? ¿Me estás diciendo que eres capaz de hacer magia y de invocar criaturas sin necesidad de Materia? – insistió Vincent con sus ojos anaranjados abiertos y fijos en Cloud.
– Sólo algunas – las respuestas de Cloud no convencían a nadie. Decidió explicarse brevemente antes de proseguir con el viaje -. Veréis, cuando estuve en la corriente vital durante tanto tiempo los Ancianos me transmitieron gran parte de sus conocimientos y sabiduría. La Materia no es más que la condensación de esos conocimientos. ¿Para qué voy a necesitar una Materia que encierra algo que ya poseo? No domino cualquier magia, ni mucho menos, pues el conocimiento de los Cetra es casi infinito, pero sí una gran parte de ellos.
– ¿Qué conocimientos tienes? ¿Qué cosas ignoras? – le preguntó Vincent. Estaba realmente interesado.
– Sinceramente, Vincent, no lo sé. Sólo sé que cuando tengo necesidad esos conocimientos vienen a mí y me sirven en la lucha.
– Pero, ¡esto es alucinante! – gritó Barret eufórico – Con todo ese poder estoy seguro de que podrás aplastar a Sephiroth como a una mosca.
– Sephiroth está en otro lugar, y me lleva ventaja. Espero poder romper la barrera física que lo aisla y poder enfrentarme a él para destruirlo de una vez por todas.
– Y parece que ya tienes un plan – observó Vincent.
– Es posible. No tenemos tiempo, creo que deberíamos dejar esta discusión para más adelante.
– Estoy de acuerdo. Larguémonos – dijo Red.

Abandonaron el submarino y marcharon hacia la costa. Con la ropa mojada caminaron hasta Puerto Junon y subieron a las pistas de aterrizaje. Vientofuerte estaba esperándoles. Se deshicieron de algunos soldados Shin Ra que se interpusieron en su camino y subieron a la aeronave. Cid se acomodó y empezó a mover palancas.

– Agarraos, voy a despegar. Rumbo a Ciudad Cohete.

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