Capítulo XXIII – Siete

9 noviembre 2007

Subieron por el estrecho paso de la montaña. El frío y la falta de aire estaba llevándolos hasta el límite de sus posibilidades. El accidente con el dragón no había mejorado las cosas. Fue entonces cuando Barret anunció una buena nueva.

– ¡Veo la cima!

Todos lo siguieron pero ninguno estaba preparado para sentir lo que iba a ocurrir. El frío se desvaneció como por arte de magia, así como la nieve. El camino dejaba de ser un paso helado para convertirse en una pendiente rocosa. Se dieron cuenta de que lo que habían escalado no era una montaña; era un cráter. En el centro del cráter yacía la mayor fuente de Makko que Cloud había visto jamás. El flujo de energía verde brotaba en cantidades gigantescas y se arremolinaba con furia. El espectáculo les dejó paralizados. Era hermoso, pero a la vez todo sentían una pena inexplicable en su interior.

– Algo caído del cielo ha producido esta herida en el planeta. Está reuniendo energía vital para sanarse – explicó Vincent.
– Ahora entiendo las palabras de Sephiroth – dijo Cloud -. Pretende aprovechar este evento para fundirse en la corriente vital.

Un ruido de hélices ensordecedor hizo que todos se agachasen. No demasiado lejos, Vientofuerte, la nave de Shin Ra que descansaba en Puerto Junon, pasó sobrevolando el cráter. En el interior, Rufus admiraba la fuente de Makko y se frotaba las manos.

– Al fin… la Tierra Prometida. Este es el lugar, no me cabe la menor duda – murmuró para sí mismo.
– Es increíble. En este lugar hay Makko ilimitado. Nos vamos a hacer ricos – dijo Scarlata.
– Esta tierra no es de nadie… – intervino el profesor Hojo que estaba al fondo de la cabina ausente desde hacía horas.
– Ya lo creo que lo es – repuso Rufus sin apartar su mirada de la enorme fuente de Makko.

Vientofuerte empezó a describir círculos, buscando un lugar donde aterrizar.

– ¡Malditos Shin Ra! ¿Cómo se han enterado? – exclamó enfurecido Barret.
– No son los Shin Ra los que deben preocuparnos – le respondió Cloud -. Escuchad, es posible que ahí abajo nos encontremos con Sephiroth.
– Con Sephiroth… – balbuceó Tifa para sí misma.
– ¿Quiénes son todos esos? – preguntó Yuffie en voz alta señalando hacia delante.

Abajo, cerca del centro, un grupo bastante numeroso de personas encapuchadas avanzaba torpemente. Iban todos ataviados con telas negras y ásperas. Algunos caían en las brechas debido a su torpeza.

– ¡Eh! Si queremos saber qué cojones está pasando aquí será mejor que vayamos tirando – propuso Cid tras darle un sorbo a su petaca llena de licor.

Empezaron el descenso. Aunque la pendiente no era muy empinada, debían ir con cuidado con la grava y las pequeñas piedras. Ni siquiera pararon a quitarse las prendas de abrigo, aunque empezaban a sentir demasiado calor. Red se detuvo y empezó a olisquear el terreno. Se separó un poco del grupo.

– ¡Venid aquí!

Se reunieron con él. Había encontrado a uno de los hombres encapuchados. Cloud le retiró la capucha y pudo ver una cara deforme y envejecida. Su tono de piel era enfermizo. Temblaba sin control y tenía la mirada perdida.

– ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? – le preguntó Cloud zarandeándolo. Necesitaba respuestas.
– Re…. re…. eeeah.
– ¿Qué?
– La… re… ooooh – el hombre se puso a toser y a vomitar sangre. Fue imposible obtener nada más de él.
– Vayamos ahí dentro y averigüemos qué está pasando.

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