Cuando llegaron a tierra Cloud posó delicadamente el cuerpo de Tifa sobre la hierba, sacó un frasco de su macuto y le introdujo el líquido ardiente en la boca. Tifa no tardó en abrir los ojos. Despertó sobresaltada. Echó un vistazo en derredor y a continuación hizo las dos preguntas más previsibles: “¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde estamos?”. A lo que Cloud respondió con un “lo hemos logrado, estamos en la Isla de los Goblins”.

Otearon el horizonte. Al fondo, muy lejos, la tormenta persistía. No importaba hacia donde mirasen, el horizonte siempre estaba oscuro. La tormenta describía un círculo perfecto que rodeaba la isla.
El chocobo dorado picoteaba el suelo plácidamente, deleitándose. Pudieron observar que la pequeña isla estaba deshabitada. No había árboles. Tan solo playa y hierba. Justo en el centro se alzaba una roca con forma de cúpula y una pequeña entrada del mismo tamaño que una puerta. No supieron decir si aquello era natural o no, pero tampoco se lo plantearon demasiado.

Cloud extendió su brazo y ayudó a Tifa a levantarse. La muchacha sufrió un pequeño mareo y su compañero debió sujetarla con un abrazo. Cuando se vio capacitada para tenerse en pie intentó liberarse pero Cloud la sujetaba con fuerza. Se miraron a los ojos un instante, en silencio; entonces Cloud le dijo:

– Me he asustado antes, en la tormenta. Pensaba que te había arrastrado a la muerte – cuando dijo esto último sus cejas se fruncieron fugazmente en señal de dolor.
– Creí que nunca tenías miedo – repuso la muchacha con voz queda, casi inaudible.
– No temo al peligro, pero cuando se trata de ti… no quiero perderte.
– Oh, Cloud… – la respiración de Tifa se aceleraba.
– Eres lo más importante para mí. No sé qué sentido tendría toda esta lucha sin pensar que cuando todo esto acabe, podremos disfrutar de los tiempos de paz juntos.
– Es… lo más bonito que me han dicho nunca, Cloud – dijo Tifa, a quien el arrebato de sinceridad de Cloud le había cogido por sorpresa.

Se miraron. Los brazos de Cloud continuaban aferrándola con fuerza. Sus caras se aproximaron lentamente. Los labios de Tifa ardían en deseos de tocar los de Cloud. Había soñado con aquel momento desde hacía mucho tiempo. Un fuerte grito proveniente de la cueva interrumpió a la pareja. Era una voz que parecía venir de ultratumba. A Tifa se le erizaron los pelos de los brazos, y Cloud la dejó marchar de repente. Se miraron y el ex-shinra le indicó que se mantuviese en silencio a la vez que desenvainaba su espadón.

Se introdujo en la cueva. Encendió un pequeño fuego a unos centímetros de la palma de su mano que le permitió ver el interior. Era una estancia esférica, tallada burdamente. No le cabía duda de que era obra de los cetra. Su localización no era casual. En el centro había un pedestal de piedra con unos caracteres tallados donde reposaba la empuñadura de una espada. No había nadie.
Se adentró con cautela y observó el pedestal. No entendía lo que ponía. Lamentó no contar con Buggenhagen. Asió la empuñadura y descubrió que la hoja estaba clavada en la piedra. Tiró con fuerza hacia arriba y la hoja salió limpiamente de la roca. La ranura vacía emitía un resplandor rojizo.

Cloud blandió la espada. Era ultraligera, apenas debía pesar unos gramos. La empuñadura era delgada y estaba recubierta de cuero negro. En los bordes tenía unos embellecedores de oro con filigranas de una calidad extraordinaria. En la parte más alta se ensanchaba y cuatro cilindros de color fucsia brotaban en direcciones distintas. La hoja era corta y delgada, y estaba forjada con un material violeta. Cloud no había visto algo así en ninguna excursión a los almacenes de armas de Shin Ra. Cuando pensó que había terminado de examinar la espada, ésta le dio una última sorpresa. De la hoja lila empezó a brotar una luz que pareció solidificarse en forma de hoja afilada, dibujando un espadón brillante alrededor de la pequeña hoja lila. Era una espada de energía pura.

Ensayó un poco con ella. Tras varias estocadas y cortes al aire, decidió probar con otra cosa. Se plantó frente al pedestal y realizó un corte totalmente vertical. La hoja atravesó la piedra como a una calabaza, sin hacer el menor ruido. Cada mitad de la piedra rodó hacia un lado y, justo enfrente de Cloud, apareció lo que había venido a buscar. Una pequeña piedra translúcida, roja como la sangre, brillante como el fuego. Bajo el pedestal descansaba la Materia de los Caballeros de la Mesa Redonda. La tomó con la mano y sintió vértigo. Pudo ver fugazmente en su mente una enorme mesa redonda en la que había doce caballeros armados y su rey. La mano de Tifa en el hombro le devolvió al mundo real.

– ¿Todo bien?
– Así es, la tenemos.

Salieron de nuevo y la brisa hizo que Cloud se estremeciese. El atardecer empezaba a declinar. El sol se ponía tras las negras nubes del horizonte. Se sentaron a contemplarlo y Tifa se cogió al brazo de Cloud.

– Yo también tuve miedo.
– ¿Cuando?
– Cuando caíste a la Corriente Vital. Te creí muerto. Fue muy triste.
– Pero ahora estoy aquí – Cloud tocó con su mano la cara de Tifa y la miró a los ojos.
– Tienes razón. Todo esto no tendría sentido si no fuera porque cuando acabe, podremos estar juntos para siempre.

Sus caras se acercaron una vez más, pero esta vez no hubo interrupción. Sus labios se besaron y se rodearon con los brazos. Tifa se echó hacia atrás y Cloud se posó sobre ella. Era hermosa. Durante un pequeño instante recordó cómo la observaba desde la ventana de su casa, en Nibelheim. Recordó lo mal que se sintió el día en que no pudo evitar que cayese por el acantilado. Y ahora, al final de todas las cosas, ahí estaba con ella en una isla desierta en mitad de ninguna parte.

– ¿En qué piensas? – le preguntó Tifa.
– En que llevo esperando esto toda mi vida.

Se besaron con fuerza. El sol se puso, pero no tenían planes de dormir esa noche. Podían ser sus últimos momentos juntos y pensaban saborear hasta el último minuto. Se amaban.