Capítulo XVII – Ocho

9 noviembre 2007

– Tifa, ¿Estás bien?

Tifa no escuchaba a Barret. No podía sacarse de la cabeza la visión que había tenido esa mañana: Cloud y Aerith habían pasado la noche juntos, lejos del grupo. ¿Qué significaba aquello? ¿Se amaban realmente? ¿Se divertían? ¿Significaba tanto Aerith para Cloud? Estaba ida, mirando al horizonte (si es que había un horizonte tras la niebla). No había querido desayunar. No quería hablar con nadie. Marchaba en la retaguardia, pensando en sus cosas. Debía abandonar la idea de conquistar a Cloud y formar una familia con él y ser feliz el resto de sus días en alguna ciudad de una isla lejana, como Mideel. Si en todos estos años Cloud no había dado ningún paso, sería por algo. Además, a quién trataba de engañar, la atracción que Cloud sentía por Aerith era más que evidente. Ahora ya tenía la prueba definitiva. No podía competir con ella. Aerith era única, la última de los Cetra. Era guapa y atractiva, además de sociable y encantadora. Se sentía feliz, después de todo, de ser la mejor amiga de Cloud y poder estar siempre a su lado, aunque él amara a otra mujer.

– Cuando quieras hablar… ahí estaré.
– Gracias, Barret – Tifa forzó una sonrisa.

El camino era ascendente ahora. El camino dejaba de serlo poco a poco. Todo tipo de monstruos y bestias los observaban agazapados en las sombras. Estaban invadiendo su territorio por primera vez en muchos años, y eso generaba curiosidad entre las bestias. Vincent marchaba en cabeza como ya era habitual. De vez en cuando se perdía saltando de forma ingrávida de un lado para el otro, y volvía con un informe de la situación. No había perdido el formalismo de Los Turcos a la hora de pregonar sus informes.

– Pero… ¿Qué? – Cloud encontró algo que le llamó la atención. Se trataba de un espadón con un parecido más que accidental al suyo. Estaba medio hundido en un agujero.
– Se parece a la tuya – afirmó Yuffie, como si nadie más se hubiera dado cuenta.
– ¿Qué significa esto? – le preguntó Red al ex-SOLDADO esperando una explicación a dicha coincidencia.
– No lo sé. No conozco a nadie que use este tipo de espadón.
– Joder, qué mal rollo me está entrando, coño – dicho esto, Barret fue a orinar tras un pedrusco.

Vincent, que estaba más adelantado, volvió sobre sus pasos y examinó la espada.

– Perteneció a un miembro de SOLDADO.
– ¿Cómo lo sabes? – le preguntó Cloud atónito.
– Es de Shin Ra, ¿Ves? – Vincent le señaló el logotipo – A juzgar por el estado del mango lleva aquí mucho tiempo. Sin embargo, la hoja sigue afilada y brillante como el primer día. Shin Ra sólo fabrica armas así de resistentes para la élite.

La explicación de Vincent parecía bastante convincente.

– Y, ¿Qué hace aquí? – preguntó Aerith que creía ser la única que no ataba cabos.
– No es que te enteres de muchas cosas cuando pasas varios años durmiendo – en la voz del ex-Turco había resentimiento.
– ¿De dónde sacaste la tuya, Cloud? – Red sólo preguntaba cosas que eran realmente relevantes.
– La conseguí… – un pinchazo en la cabeza le impidió seguir – me la dieron en… – el dolor de cabeza se hacía más fuerte. Le iba a estallar. Veía a alguien, aunque no sabía quien era. No entendía nada.
– Cloud… – dijo Aerith abrazándole y besándole en la mejilla – tranquilo, ya está.
– Tranquilo, Vincent – dijo Barret que había vuelto de su pequeña excursión -, le pasa a menudo.
– ¿En serio? Interesante – nadie supo que quiso insinuar con eso -. Bien, será mejor que sigamos.

Llegaron al final del camino. Allí había un puente rudimentario hecho con cuerda y tablones de madera. Cloud recordaba claramente como aquel puente había cedido años atrás, cuando intentaba cruzarlo con Sephiroth. Después de haber visto su pueblo intacto esto no le impacto demasiado.

Atravesaron el puente de uno en uno, con precaución. Cuando pasó Barret, el puente parecía estar realmente a punto de ceder. El último en pasar fue Vincent, que se deslizó envuelto en su capa por encima de la cuerda, sin que el puente apenas temblara. Ahora estaban en lo alto de la última montaña, la única montaña que se interponía en el camino de la quebrada. Eso facilitaba la marcha. Sólo debían inroducirse por una de las múltiples cuevas y atravesar la montaña hacia abajo. Una vez fuera, saldrían a campo abierto.

– Tengo hambre – se quejaba Yuffie con los brazos rodeando su vientre, para dar más énfasis a sus palabras.
– Todos tenemos hambre, deja de quejarte, coño – le replicó Barret.
– ¡Habló el que nunca se queja! Tendrás morro…
– Pero yo me quejo cuando…
– Silencio – ordenó Cloud.

Estaban en el interior de una cueva. Ahora se abrían ante ellos dos entradas. Red se avanzó un poco y husmeó el aire.

– Es por la derecha, sube aire fresco.

Se fiaron del olfato de su compañero animal. Bajaron por un pasadizo estrecho, en fila india. Cuando Red iluminó la escena, a Yuffie se le olvidó el hambre que tenía.

– Guaaaau…

En la pared había decenas de piedras de colores. Era Materia. Parecía un yacimiento natural. Yuffie no tardó en deshacerse de cosas prescindibles de la mochila y cargarla de Materia hasta los topes. Todos cogieron algo de Materia. Vincent, sin embargo, esperó a que los demás acabaran.

– ¿Tú no quieres? – le preguntó Yuffie sonriente.
– No creo que sea una buena idea.
– De acuerdo – Yuffie siguió con lo suyo.

Cuanda acabaron, prosiguieron hasta un lugar extraño. Había cinco tubos metálicos que descendían al pie de la montaña. Alguien los había instalado allí antaño para facilitar el descenso.

– ¡Qué diver! – Yuffie se acercó al borde para ver si veía el final de los tubos – ¡Ah! – Se echó atrás.
– ¿Qué ocurre? – preguntaron varios a la vez.
– Hay un bicho enorme ahí abajo. Parece un escorpión gigante.

Todos se arrimaron para observar a la criatura de la que hablaba Yuffie. Era un insecto del tamaño de un camión.

– Está dormido – observó Barret.
– Es un guardián de Materia – les explicó Vincent. Hablaba con la boca tapada por su capa y no se le entendía bien -. No nos dejará marcharnos de aquí si le robamos su Materia – a Yuffie se le descompuso la cara.
– Es muy poderoso – afirmó Cloud tras un vistazo crítico.
– No sé, pero es enorme – dijo Barret que tenía cara de sufrimiento. El mero hecho de tener que pasar cerca de aquella cosa le producía escalofríos.
– Dejad aquí toda la Materia que habéis cogido.
– ¡Ni hablar! – repuso Yuffie indignada.
– Oye, niñata, deja todo lo que has cogido aquí o nos matarás a todos – le espetó Barret, que ya estaba un poco harto de la agonía de la joven ninja.
– Yuffie, déjala – le ordenó Cloud.
– Si no la dejas no podremos continuar – le explicó Vincent.
– Por favor, Yuffie – le suplicó Aerith.

Yuffie los miró a todos y cada uno de ellos, abrazando su mochila como si en cualquier momento fueran a arrancársela de las manos. No quería deshacerse de ella, pero si no lo hacía tendrían problemas. Muy a su pesar, abrió la mochila y empezó a sacar piedras, una tras otra. Los demás hicieron lo propio.

– Bien, podemos continuar. El guardián parece dormido, pero no lo está. Si no nos llevamos nada, no nos atacará.

Tras la breve pero concisa explicación de Vincent, se tiraron por el tubo que les inspiró más confianza. Barret se quedó atascado a mitad del recorrido, pero tras varias maldiciones, logró seguir.

Estaban delante del guardián de Materia. Era una criatura enorme, de piel dura y escamosa. Tenía un color azulado. Séis patas brotaban de su alargado tronco. Cada una de ellas acababa en una hoja natural, tan afilada que podría haber cortado en rodajas el tubo por el que se acababan de deslizar. Tenía cara de insecto. Como una langosta enorme. En sus articulaciones había una pasta amarillenta y grasienta.
Su respiración resonaba por toda la cueva. Cuando pasaron por su lado, el guardián abrió uno de sus ojos. Todos se detuvieron y lo miraron fijamente. El corazón les latía fuerte. El gran insecto los escudriñaba con su ojo de color miel. Su mirada se detuvo en Yuffie, que tragó saliva. Sin mover ni un sólo músculo, el guardián cerró el ojo y siguió dormitando. Todos respiraron aliviados.

Pasaron por el estrecho paso que había entre la bestia y la pared. Ya veían el cielo nublado a través de la salida. Pero entonces la pata trasera del guardián se movió rauda, clavándose en la pared, impidiéndoles avanzar.

– ¿Qué demonios? – preguntó Barret.
– ¡Lo siento! – dijo Yuffie que se echó al suelo llorando.
– Maldita seas, Yuf… ¡¡¡CUIDADO!!!

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