Capítulo III – Dos

7 noviembre 2007

Fueron a la tienda de ropa. Cuando entraron no había nadie atendiendo. Echaron un vistazo a las perchas y las estanterías. Casi toda la ropa era de hombre. Había algo de ropa de mujer, pero eran cosas muy extremadas. Si Cloud tenía que pasar por una mujer aquello no iba a dar resultado.

– ¿Hay alguien que nos pueda atender aquí? – Aerith gritó mirando en todas direcciones.

Salió una mujer de aspecto desaliñado. Era joven pero parecía haber vivido mucho.

– Si quieren algo… lo que ven es lo que tengo.
– Verá… es que queremos un vestido para una amiga que sea más discretito que esto – tenía en la mano una minifalda que parecía un cinturón.
– Aquí no tenemos de eso, vayan a la placa para esas pijadas.
– ¿Es usted la dueña de la tienda?
– No
– ¿Dónde está el dueño?
– Es mi padre y no sé dónde estará. Mirad… yo estoy aquí para pasar el tiempo. Mi padre se ha cansado de esto. Es un borracho y un tarado. Seguramente estará en el bar poniéndose hasta el culo de whisky.
– Gracias.

Dicho esto Aerith cogió a Cloud del brazo y lo hizo correr por las callejuelas del Mercado Muro hacia arriba. Llegaron al bar por excelencia de aquella zona.
Echaron un vistazo. Si lo que buscaban era un borracho no tenían una gran pista. El lugar estaba infestado de ellos y de prostitutas. Todos miraban a Aerith al pasar. Alguno intentó acercarse a decir algo pero la mirada fulminante de Cloud con sus ojos de makko echaba atrás a cualquiera. Hubo un sólo hombre que no se inmutó por la presencia de ellos dos en aquel antro.
Era un hombre viejo. Llevaba un sombrero de lado y un chaleco a juego. Estaba en la barra jugueteando con un vaso de whisky.

Se acercaron a la barra y rodearon al hombre.

– ¿Es usted el propietario de la tienda de ropa?
– Se – el hombre ni los miró a la cara.
– Queríamos saber si nos haría un vestido de mujer.
– Yo no trabajo con eso.
– Por eso se lo pido. Hágalo por mí.
– Perdéis el tiempo, largaos.

Aerith le hizo un gesto con la mano a Cloud para que se fuera un poco más atrás. Sin entender nada el muchacho se retiró y esperó.

– Oiga… el vestido que le pido es para mi amigo – el hombre alzó la vista al fin y miró a Cloud – sí, ese de ahí.
– ¿Me tomas el pelo? ¿Un tipo duro como ese quiere vestirse de mujer?
– Sí. Es que aunque no lo parezca le gusta todo eso. Querría probar aunque sólo fuera una vez.

Al hombre se le dibujó una sonrisa.

– ¿Sabes qué? Lo voy a hacer.
– Oh, ¡gracias! – Aerith abrazó al hombre con olor a whisky.
– No, gracias a vosotros muchachos. Estaba un poco aburrido de la misma rutina cada día. Siempre la misma ropa, siempre los mismos clientes. Esto es toda una motivación para mí. Nunca había hecho ropa para… ya sabes.
– Ya sé. ¿Vamos a la tienda?

Cloud tenía los brazos estirados en forma de cruz. El hombre no dejaba de tomarle medidas. Cuando paró se sintió aliviado.

– Bien, lo tendré en unas tres horas. Pienso dedicarme a fondo.
– Hágalo como le hemos explicado, es importante.
– Descuida. Supongo que no pretenderás ir con esos pelos llevando el traje, ¿no?

Cloud hizo una mueca extraña con la cara. No le hacía mucha gracia la situación.

– Mira, muchacho, en el gimnasio tienen muchas pelucas de todo tipo. Aquello está lleno de gente como tú. Podríais ir a preguntar.
– ¿Gente como yo? – Cloud miró a Aerith con los ojos abiertos – Aerith, ¿Qué le has dicho?
– Venga, Cloud, no te hagas el sueco – miró al modista – Gracias, señor, ahora mismo iremos a ver si podemos conseguir alguna que esté bien.

Se llevó a Cloud a rastras. Por el camino, Cloud refunfuñaba. No le hacía mucha gracia el hecho de que la gente de allí empezara a recordarlo como “el chico de las pelucas”. Luego recordó que él está por encima de todo aquello y que si así podía salvar a Tifa, lo haría. Él hubiera preferido entrar de una patada y matarlos a todos, no obstante.

El hombre tenía razón. El gimnasio estaba lleno de hombres musculosos que hablaban con gestos algo afeminados.

– Hola. Queremos una peluca – dijo. Todos se la quedaron mirando.
– Pues la compras, mona – le dijo un hombre rubio al mismo tiempo que se corregía un mechón rebelde del flequillo.
– Vamos, sé que tenéis muchas – miró hacia los colgadores – es para él.

Todos miraron a Cloud fascinados.

– Vaaaya, nunca lo hubiera dicho.
– ¿Cómo te llamas, machote?
– Madre mía, pero que ojos tan bonitos.
– ¡¡¡Un momento!!! – Aerith puso orden – Ya tiene pareja. Sólo quiere una peluca. Será sólo por esta noche. ¿Nos haríais el favor?
– Ois, qué arpía
– Menudos modales.

Cloud avanzó.

– Por favor chicos… – todos lo miraban con cara de expectación – o chicas… – ahora lo miraban con cara de extrañados – ¡o lo que sea! La necesito urgentemente. Mañana os la devuelvo.
– Pero qué mono.
– Que vocecita tan tierna.
– ¿Me la dejaréis o no? – Cloud estaba perdiendo la paciencia.

Todos se quedaron en silencio.

– Tengo una idea – dijo uno de ellos – Te la dejaremos. Pero a cambio queremos verte haciendo flexiones.
– Pero qué gran idea. Eres magnífica.
– Gracias, gracias, no es para tanto.
– Que se bata contra el Gran Hermano. Si le gana se la daremos.

“Gran Hermano?”. Cloud no sabía con quien tenía que batirse pero hacer flexiones era un juego de niños. Le aplastaría, cogerían la peluca y se acabaría todo aquello.

– ¡Gran Hermano, ven!

Un hombre realmente enorme apareció de detrás de un ring. Tenía todo el cuerpo embadurnado de aceite. Se puso en posición para hacer flexiones.

– ¿Contra quién me he de batir hoy?
– Contra mí – Cloud se puso a su lado.
– Muy bien, muy bien. Cuando diga “ya” empezamos. El que haga más en un minuto gana. Las que no valgan no se contabilizan… ¡YA!

Cloud empezó a hacer flexiones a una velocidad pasmosa. Todos lo miraban boquiabiertos. El Gran Hermano había empezado con fuerza pero ahora no podía evitar mirar a su contrincante impotente. Al cabo de un rato la prueba cesó.

– 72… no puedo creerlo.
– La peluca – Cloud estiraba la mano.

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