Capítulo II – La florista

6 noviembre 2007

“¿Te encuentras bien?”

(Sí, creo que sí )

“mmm… ¿Te duele la cabeza?”

(No, ya no)

– ¿Hola?

“Entonces adelante, levántate”

(¿Qué quieres decir con “entonces”?)

– ¡Se mueve! Increíble.

“Vamos, levántate”

(Está bien)

Cloud abrió los ojos. Quedó cegado por un rayo de luz que le iluminaba como si se encontrara bajo un foco en un escenario . Cuando pudo distinguir lo que tenía delante se sorprendió. Era la chica florista de ojos extraños con la que se cruzó en el sector 1 tras la primera explosión.

– ¿Te encuentras bien? – le dijo la florista mientras le acariciaba la cabeza, intentando peinar el pelo rebelde de Cloud.
– Sí. ¿Dónde estoy? – Cloud estaba algo desorientado.
– Estás en los suburbios del sector 5, justo en la frontera de Midgar. Caíste del cielo y destrozaste el techo de la iglesia. Es increíble que estés vivo.

Cloud empezó ahora a recordar. El reactor, ROMPE-AIRE, Barret y…

– ¡Tifa! – se incorporó de un salto. Se miró la pierna y vio que no tenía ni un rasguño donde el láser le había herido. Sólo quedaba el agujero en la ropa.
– Lo siento, te he cogido esta materia y la he usado para curarte. Es lo único que se me ha ocurrido – la florista le acercó con las dos manos una esfera verde reluciente.
– Tranquila, quédatela. La materia Cura es muy frecuente – tras una pausa miró a la florista a los ojos – ¿Cómo sabes usar materia?
– Oh… mi madre me enseñó, no es difícil. ¿Sabes? – se sacó una esfera blanca del lazo que le sostenía el pelo – Yo tengo esta materia, pero no sirve para nada.

Cloud nunca había visto algo así. Nunca le habían enseñado un tipo de materia que fuera blanca. En realidad dudaba que aquello fuera materia.

– Seguro que sirve, pero no sabes usarla, guárdala – le dijo para consolarla.
– No, estoy segura de que no.

La florista se sentó en el suelo y cogió una flor. Tras olerla intensamente la colocó en su cesto.

– Es extraño ver flores en Midgar. No hay rastro de vegetación en toda la ciudad, sin embargo aquí sí que crecen. Creo que esta iglesia es un lugar especial – la chica sonrió a Cloud – oye, ¿Cómo te llamas?
– Me llamo Cloud.
– Cloud… yo me llamo Aerith, encantada. ¿Puede saberse a qué te dedicas, Cloud? Porque tu enorme espada y tu entrada triunfal en la iglesia me indican que no trabajas vendiendo revistas – Aerith le guiñó un ojo pícaramente.
– Mi trabajo es… – Cloud no sabía que decir – En realidad hago lo que hace falta a cambio de dinero.
– Un chico para todo, ¿eh? Interesante – Aerith le miraba intensamente, con una sonrisa maliciosa.

Cloud no pudo evitar ruborizarse. Él no entendía el amor, ni siquiera estaba interesado en ninguna mujer. Prefería andar solo de aquí para allá, sin hacer amigos, sin hacer amigas. Era la primera vez que sintió algo así con una mujer. No podía soportar la mirada de aquella joven tan hermosa durante mucho rato.

Para no parecer maleducado le devolvió la mirada. Se miraban sin decir una palabra. Cloud notaba que su corazón se aceleraba. Aerith era una mujer realmente atractiva. Tenía un pelo castaño y muy abundante que recogía en una larga trenza que le llegaba casi hasta las rodillas. El flequillo rizado le caía en la cara llena de pecas bajo los ojos. Unos ojos enigmáticos, azules. “Son ojos de makko, estoy seguro”. Todo el conjunto le daba a Aerith un toque pícaro que a Cloud, aunque no quisiera admitirlo, le atraía en extremo.
Llevaba un vestido rosa que le llegaba hasta las pantorrillas, con una chaqueta tejana de color granate tan pequeña que ni siquiera podía abrochársela.

De repente Aerith giró la cabeza y miró hacia la entrada de la iglesia. Allí había un hombre muy delgado y con aspecto desaliñado. Su pelo pelirrojo despeinado le tapaba media cara, aunque dejaba ver sus ojos azul intenso. Llevaba un traje con la camisa por fuera y el pantalón mal abrochado. Estaba apoyado contra la pared con el hombro. Le acompañaban cuatro soldados de Shin Ra.

Aerith miró a Cloud con aire apremiante.

– Escucha, Cloud. Tú haces de todo, ¿no?
– Sí.
– ¿Me harías de guardaespaldas?
– Eh… – Cloud se quedó perplejo, creía que los Shin Ra venían a por él.
– Vamos, tendrás recompensa.
– ¿De cuánto hablamos? – Cloud no pudo evitar sacar el tema del dinero, aunque lo hubiera hecho gratis. Tenía ganas de conocer a Aerith.
– Veamos… – Aerith miraba una flor – ¿Qué tal si salimos juntos alguna vez?

Cloud abrió los ojos. “Una cita”. Para su sorpresa, aquella le pareció la mejor oferta que le habían hecho nunca.

– Hecho.

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