Capítulo I – Siete

6 noviembre 2007

Colocaron varios explosivos para abrirse paso a través de los muros. Lo que no destruían las bombas lo perforaba Cloud con su enorme espada. Al fin parecieron ver algo interesante.

-Son los residuos del reactor. Esta es el área de residuos del reactor. Estamos cerca del núcleo.

Cloud no podía creer la suerte que habían tenido ni que Shin Ra tuviera un fallo tan monumental en su seguridad. Seguramente subestimaban el poder de los rebeldes o simplemente no esperaban un ataque a un reactor. Lo más probable es que el presidente de Shin Ra S.A. estuviera tan obsesionado por protegerse a él y al edificio principal en medio de Midgar que no le prestó la debida atención a los reactores. Ahora estaba pagando las consecuencias.

-Si vamos por este camino no hay vuelta atrás. Este agujero está demasiado alto como para poder trepar más tarde. Si salimos por cualquier salida habilitada para ello nos esperarán los soldados de Shin Ra.
-¿Has dicho SOLDADOs? – el miedo invadió a Barret por un instante. No se imaginaba luchando contra un ejército de Clouds.
-No, he dicho soldados. No confundas nunca a un soldado con un miembro de SOLDADO.

Dicho esto saltaron desde el agujero. Los residuos que había al fondo amortiguaron su caída. Subieron por una escalera de mano hasta una puerta. Estaba cerrada bajo código.

-Mierda, nos falta Jesse – dijo Barret apoyándose contra la pared con la mano abierta y mirando al suelo.
-Después del ruido que hemos hecho ya no tenemos nada que perder.

Cloud incrustó su espadón entre la pared y la puerta e hizo palanca con su fuerza sobrehumana. Los ojos se le iluminaron con un color azul turquesa muy intenso. Parecía un ser de otro mundo cuando eso ocurría.
La puerta saltó con un chasquido. Podían pasar.

Tras guiarlos por varios pasillos y escaleras Cloud se detuvo.

-Si bajamos cogidos a este tubo encontraremos unas escaleras auxiliares. Son análogas a las que usamos para huir en el otro reactor. La estructura de estos edificios siempre es la misma.
-Y, ¿a qué esperamos? – dijo Barret impaciente por colocar la bomba que llevaba a la espalda.

Cloud pensaba con la mano en la barbilla.

-Cloud… ¿ocurre algo? ¿Tienes algún otro presentimiento? – Tifa lo miraba preocupada.
-Sinceramente, es demasiado fácil. Hay algo que no me cuadra. No hay nadie aquí. Los Shin Ra no son estúpidos.
-Quizá no esperaban que descubriéramos esa entrada al edificio y nos esperan todos en la entrada. O quizá piensen que Biggs, Wedge y Jesse son los únicos miembros que iban hacia el reactor y van tras ellos.

Barret sintió una punzada en el corazón. Ya no se acordaba de sus fieles compañeros. Se preguntaba si les habrían cogido o si habrían podido escapar. Se sentía culpable por ser él quien estuviera allí. Pero este tipo de misiones a veces requieren un señuelo, eso Barret lo sabía.

-No tenemos más alternativa. Seguiremos – Cloud no estaba del todo convencido.

Bajaron por tubos y escaleras, y allí estaban. De nuevo se encontraban frente al corazón del reactor. Andaban por la pasarela por encima del makko. Tifa y Barret estaban algo mareados pero a Cloud parecía no afectarle lo más mínimo.

De repente, Cloud cayó al suelo de rodillas. La cabeza le daba vueltas. Vio como la baldosa junto a sus manos se convertía de nuevo en aquel suelo mohoso y el ruido de enormes engranajes invadió la escena. El calor se hizo patente y Cloud alzó la vista.
Ahí estaba Tifa, con un sombrero de paja, y al lado había un hombre muerto con una espada atravesada. Tifa sacó la espada y la empuñó. No era una espada cualquiera, era larga y delgada, se doblaba de una forma extraña. Sólo una persona podía hacer servir aquella espada tan peculiar.

– ¿Fue Sephiroth quien te hizo esto? Sephiroth, Shin Ra, SOLDADO… ¡Les odio a todos ellos!

-…chacho! Ya estamos otra vez – Barret sacó a Cloud de aquella pesadilla.

Cloud miró a sus compañeros preocupados. Había vuelto al reactor. Recordó que estaba en una misión y que estaba a punto de hacer estallar el reactor en pedazos.

-Todo bien, sigamos.

Tifa miró a Cloud con preocupación. Podía hacerse una idea de lo que un lugar como aquel podía provocar en la frágil mente del muchacho. En aquel momento sintió ganas de abrazarle, pero se contuvo.

Colocaron la bomba y nada pasó. Ninguna alarma esta vez. Ninguna máquina de asalto. Nada.

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