De camino a Vientofuerte se despidieron de Shera a las afueras de Ciudad Cohete. Para sorpresa de todos, Cid la abrazó y se despidió con los ojos húmedos. El capitán jamás lo hubiera admitido, pero sintió miedo de no volver a verla. Sabía que quedaba muy poco para el fin de la aventura que comenzó hacía ya mucho tiempo en ese mismo lugar para él; y no sabía cómo iba a acabar, realmente.

El Sol se alzaba rojo y el bochorno apenas les dejaba respirar con normalidad. Cañón Cosmo estaba cerca y el Nanaki estaba inquieto. Andaba de un lugar a otro de cubierta agitando el rabo con fuerza.

– ¿Estás nervioso? – le preguntó Tifa, sentándose cerca de donde merodeaba.

– Es posible, no sé lo que entendéis los humanos por nerviosismo.

– Puesss – repuso la muchacha -, los humanos, cuando nos ponemos nerviosos, sentimos algo extraño en el vientre, como si tuviéramos un pájaro revoloteando en el estómago.

Red se detuvo. Miró un rato hacia el suelo y entonces dirigió sus ojos felinos hacia Tifa. Esbozó lo más parecido a una sonrisa, dejando ver su impresionante dentadura y sus enormes colmillos.

– Creo que eso es lo que siento – le dijo finalmente.

– Entonces no somos tan diferentes. ¿Qué ocurre? ¿Es por tu abuelo?

– Sí. Desde que dejé Cañón Cosmo no he dejado de pensar en él. ¿Estará bien? Es muy anciano, aunque su vitalidad trate de engañar a cuantos le rodean. A veces me despierto en mitad de la noche, cuando sueño que algo malo le pasa. ¿Y si ya ha regresado al Planeta y yo no me he enterado porque estaba viajando por el mundo?

– No está siendo un viaje de placer. Intentas salvar el mundo. Tu abuelo lo aprobó, y seguro que lo sigue aprobando – trató de tranquilizarlo.

– Lo sé, no es eso. Es simplemente, que me gustaría poder despedirme ese día. Me gustaría poder cuidar de mi abuelo cuando me necesite.

– Y lo harás. Cuando hayamos acabado con Sephiroth podrás volver a Cañón Cosmo y estar a su lado.

Cid hizo aparición. Se encendió un cigarro y miró al horizonte.

– Vamos a empezar a descender. Estamos a punto de llegar.

– ¿Cómo lo sabes? – le preguntó Tifa que no podía ver el observatorio todavía.

– Niña, he volado sobre estos continentes cientos de veces. Podría llegar con los ojos cerrados a cualquier parte en mi Vientofuerte.

El viejo Bugenhagen estaba en su observatorio, mirando la maqueta viva del planeta. Su rostro se había envejecido mucho desde la última vez que estuvieran en Cañón Cosmo. Miraba son sus ojos acuosos bajo sus pobladas cejas, escrutando, buscando algún signo que le indicase donde se encontraban Cloud y sus amigos. Lo hacía a diario, sin resultado. Cansado de buscar, posó su mirada sobre Cañón Cosmo. Le gustaba mirar su observatorio desde arriba. Vio un pequeño punto gris que revoloteaba alrededor del cañón. Frunció los ojos. ¿Podía ser? Apagó el observatorio virtual tan rápido como pudo. Salió de él y perdió el aislamiento sonoro que le había evitado escuchar el rugido del motor de Vientofuerte. Abrió la ventana de par en par y vio la enorme aeronave revoloteando alrededor del observatorio, intentando posarse en un lugar seguro. Bajó tan deprisa como pudo hacia la entrada de Cosmo.

Finalmente el capitán Vientofuerte pudo aterrizarlo sin ocasionar daños. “Esta maniobra no la hace cualquiera”, dijo al terminar, elogiándose. Cuando pasaron por la entrada vieron a un corrillo de personas. Delante estaba el viejo Bugen. Red corrió aullando hacia él. Se abalanzó y lo tiró al suelo. El anciano le acariciaba la crin roja anaranjada y reía lleno de júbilo. Fue una escena realmente tierna. Era maravilloso ver el amor que se profesaban aquellos dos seres, sin importar la raza a la que pertenecían. Ambos eran hijos de la Corriente Vital.

Un aullido horrible estropeó la escena. Todos se taparon los oídos. Eran aullidos del Planeta, en Cosmo se oían con claridad habitualmente, pero en los últimos tiempos se esas claridad era extrema.

– Ah… – dijo Bugenhagen suspirando y mirando al grupo con los ojos húmedos – El Planeta sufre. Está muriendo y lo sabe. Nos pide ayuda.
– Nosotros vamos a salvarle, abuelo. Por eso estamos aquí. Queremos tu consejo – le dijo el nanaki.
– Lo sé, y el Planeta os ayudará en vuestro cometido. De hecho, aquí tenemos a una persona muy especial – dijo mirando a Cloud – que ha sobrevivido a lo que nadie más ha podido. Chico, eres muy especial, solo que aun no lo sabes.

Cloud se sintió incómodo.

– Abuelo, hemos traído algo para que lo guardéis en Cosmo. Es Materia Enorme. Barret y Vincent la cargan.
– Muy interesante – repuso el anciano mirando a Barret y Vincent con interés -. Subamos al observatorio. Hay mucho de lo que hablar y poco tiempo para ello.

Una vez en el observatorio sacaron a la luz la Materia Enorme. El anciano las examinó durante un rato. Las tocó y pegó la cara a una de ellas durante un rato. No parecía afectarle lo más mínimo el contacto con esa extraña Materia.

– Es sin duda una poderosa Materia, pero no es suficiente para hacer frente a los males que acechan a este mundo – concluyó.
– ¿Y qué necesitamos para poder derrotar a Sephiroth? – le preguntó Barret.
– No lo sé, sinceramente – respondió -. Pero estoy seguro de que el Planeta nos lo dirá.
– Pues no sé como, la única persona capaz de hablar con el Planeta ya no está aquí.
– Escuchadme todos – Bugenhagen empezó a levitar con las piernas cruzadas -. Quiero que os concentréis e intentéis dejar la mente en blanco. Vamos, ¡cerrad los ojos!

Obedecieron. Pasaron un rato en silencio con los ojos cerrados. Barret abría un ojo de vez en cuando para ver si sus compañeros seguían con los ojos cerrados.

– Está bien, ya vale. ¿Cómo ha ido? – preguntó.
– Bien… – dijo Yuffie tímidamente.
– ¿Bien? Apuesto a que habéis sido incapaces de dejar la mente en blanco. Tenéis demasiadas cosas en la cabeza en este momento. Pero sin duda debe haber alguna que es más importante que las demás. ¿Quién quiere empezar diciéndome qué es lo que no le deja pensar con claridad?
– Yo… – empezó diciendo Cloud – no puedo dejar de pensar en Aerith – confesó.
– Yo tampoco, joder – dijo Barret con los ojos llorosos -. Gracias a ella mi hija no murió bajo los escombros en Midgar.
– Es curioso – intervino Vincent -, yo también he pensado en Aerith.
– Y yo – dijo Cid.
– Y yo – se unió Red.
– Ah… el poder del Planeta. Inquietante y hermoso al mismo tiempo, ¿verdad? – les dijo el anciano con una sonrisa casi maligna -. ¿Dónde estaba Aerith?
– Estaba… – empezó Cloud.
– En el altar, en la Ciudad de los Ancianos – terminó Tifa.
– Sí, ¡eso es! – exclamó Barret.
– Ajá, interesante – dijo Bugenhagen acariciándose la barbilla -. ¿Algo a destacar de la escena? ¿Algo que se os ha pasado por alto todo este tiempo?
– Aerith muere – respondió secamente Cloud.
– Eso es evidente – le dijo Bugenhagen -. Me refiero a algo que haya pasado desapercibido para todos.

Pensaron largo rato sin resultado. Finalmente Bugenhagen les indicó que dejasen de pensar.

– Ya está bien por hoy. Empieza a anochecer. Les diré que os preparen habitaciones con mullidas camas para que podáis descansar como os merecéis. De aquí un rato se servirá la cena. Habrá un banquete especial para celebrar vuestra llegada.
– Deberíamos haber venido aquí antes – dijo Barret en voz alta, casi sin darse cuenta. Todos rieron.

Esa noche hubo comida en abundancia y luego una fiesta alrededor de la hoguera al estilo de Cosmo. Bebieron y rieron, olvidándose momentáneamente de los problemas. La temperatura esa noche era agradable en el cañón. Cuando sus cuerpos ya no pudieron aguantar más se fueron rendidos a sus habitaciones. Unos catres bien preparados con unos cojines esponjosos hecho artesanalmente con plumas les proporcionaron un descanso reparador. Excepto a Cloud. El ex-soldado de shinra dio vueltas en la cama, soñando. Vio una y otra vez a Aerith siendo asesinada por su archienemigo. Se levantó varias veces a beber agua y a observar las estrellas. Cuando ya estaba a punto de cejar su intento de dormir cayó como un fardo. Vio de nuevo a Aerith, pero esta vez ocurrió algo distinto. Pudo ver la misma escena desde un plano superior, en tercera persona, como si alguien le estuviese mostrando lo ocurrido en una bola de cristal. Vio claramente como la espada de Sephiroth atravesaba a Aerith. El cuerpo de la muchacha caía y él mismo la tomaba en sus brazos. El lazo que recogía la trenza de la Anciana se deshacía y la Materia blanca que guardaba en él caía al agua. Entonces entendió qué era lo que el Planeta trataba de decirle. Debía recuperar…

– ¡La Materia Blanca! – gritó incorporándose de un brinco, sudoroso. Miró a su alrededor. Sus compañeros aun dormían.

Salió de la cabaña y descendió hacia las ascuas de la fogata de la noche anterior. Echó un vistazo hacia arriba y vio que en el observatorio del viejo Bugen había luz. Subió a toda prisa. Abrió la puerta de un golpe y el anciano lo miró sin sorprenderse.

– Sabía que vendrías. ¿Lo tienes?
– La Materia Blanca. Aerith tenía una Materia de color blanco y decía que no tenía ninguna utilidad. La guardaba como un recuerdo de su difunta madre. Cuando ella murió esta Materia cayó al agua.
– La Materia Sagrada… impresionante – murmuró el anciano -. Está claro lo que debemos hacer. Debemos ir a la Ciudad de los Ancianos. Iré con vosotros.

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