– ¿Qué es aquello?
– Es el monte Nibel – respondió secamente Cloud.

Toda la cordialidad que Cloud hubiera adquirido con el resto del grupo durante el viaje había desaparecido. Volvía a ser el ex-SOLDADO huraño y desagradable de Midgar.

El ex-SOLDADO sabía hacia donde se dirigían desde el momento que abandonaron Cañón Cosmo. Si no querían volver a cruzar la zona de Gongaga para pisar el árido desierto, debían ir hacia el norte. El único camino que podían seguir les llevaría sin remedio al valle donde se situaba antiguamente Nibelheim, el pueblo natal de Cloud, pues las montañas inexpugnables de Nibel sólo dejaban un pequeño sendero a los viajeros para poder atravesarlas. Para acceder a ese sendero era necesario atravesar el pueblo de Nibelheim.

Para Cloud, pensar en volver a ver los restos de su pueblo era una tortura. Soñaba con el día en que Sephiroth prendió fuego a su casa a diario. Le dolía la cabeza. A medida que se acercaban el dolor se intensificaba.

Llevaban séis horas de viaje. Habían pasado por el volante Tifa y Barret. En ese momento, el líder de Avalancha había detenido el vehículo para comer algo.

– Pues tiene una pinta terrorífica.

Cloud no respondió.

– Se cuentan muchas historias del monte Nibel – respondió Tifa por Cloud -. Una de ellas, dice que…
– Es mejor no asustar a los viajeros – la cortó Cloud malhumorado -, el monte Nibel juega con el miedo de las personas. Si no tienes miedo, no te pasará nada.
– ¿Tendremos que atravesar los restos…? – Tifa le dio un codazo a Barret para que no acabara la frase.
– Será mejor que continuemos – dijo Cloud incorporándose.

Tras varias horas más de viaje, las montañas del monte Nibel se tragaron el sol. La niebla empezaba a ser un problema para conducir el buggy, de modo que tuvieron que aminorar la marcha. La flora del lugar empezaba a degenerar. Las coníferas verdes y rojas sobre el suelo enmoquetado de hierba verde y reluciente dejaron paso a la tierra fangosa y a la naturaleza muerta. Algunos animales de aspecto extraño y pelaje negro clavaban sus ojos rojos en el buggy.

Llegaron a los lindes de la sierra. Las montañas eran impresionantes si uno nunca las había visto. Eran altas como gigantes y puntiagudas como agujas. Crecían hacia el cielo retorciéndose como caracolas y perforando las nubes. Ahora entendían por qué era imposible atravesarlas por cualquier otro lugar.
Distinguieron la quebrada de la que Cloud les había hablado. Debían torcer hacia el oeste para poder atravesarla.

A medida que se acercaban, todos clavaban sus miradas en las faldas de las montañas. Debían encontrar ahí los restos de Nibelheim. Para sorpresa de todos, las casas se sostenían en pie. Salía humo de las chimeneas y luz por las ventanas.

– Pero… – empezó a decir Yuffie.

Cloud miraba el panorama. Estaba inquieto y sobrecogido. No era posible que el pueblo se alzara tal y como lo recordaba. El pueblo fue reducido a cenizas. Sephiroth debían andar cerca y le estaba jugando una mala pasada.

Aparcaron el buggy. No podrían atravesar el monte con él. Les había hecho servicio, no obstante. El olor a makko en el ambiente era intenso. El frío calaba en los huesos.

Cloud atravesó la entrada al pueblo el primero. Apenas un vistazo le bastó para darse cuenta que el pueblo seguía tal y como lo recordaba. Miró a Tifa, que se encogió de hombros. No podía creer lo que estaba viendo. Se giró y vio las miradas acusadoras de sus compañeros.

– ¡Todo esto ardió en llamas!¡Lo vi con mis propios ojos! – sus compañeros echaron un vistazo al pueblo en perfectas condiciones – ¡NO ESTOY MINTIENDO!