Capítulo XIX – Seis

9 noviembre 2007

Cloud se incorporó como pudo, cogió a Cait Sith del cuello y lo arrojó al suelo con furia. Luego le pisó la cabeza con tanta fuerza que llegó a abollarla.

– ¡Un momento! – suplicó Cait Sith. Todavía hablaba con la voz ronca. Parecía una conferencia telefónica con un hombre entrado en años.
– ¡Cállate! ¡Eres escoria! – le gritó Cloud – Por tu culpa he perdido la Piedra Angular, y con ella mi posibilidad de llegar al Templo antes que Sephiroth y Shin Ra.
– Déjame explicarte que…
– ¡Cállate! – volvió a gritar Cloud – Hablarás cuando yo te lo diga, y responderás a mis preguntas.
– No sé si eres consciente de que no me haces daño – le contestó el gato en tono burlón.

Cloud pisó más fuerte. Sonó un ‘crac’ en el interior de la cabeza de Cait.

– Está bien, como veo que no entras en razón… – prosiguió el gato. Cloud lo miraba con la mirada desorbitada – De verdad que no quería llegar a esto, pero me estás obligando.
– ¡Socorro!, ¡Cloud!, ¡Papá!, ¡Ayudadme!
– ¡Es Marlene! – exclamó Aerith llevándose la mano a la boca y sujetando a Cloud por el brazo, intentando indicarle que dejara ir a Cait Sith.
– Así es – dijo el gato -. La tengo aquí, a mi lado. Si no queréis que sufra ningún daño, será mejor que me dejes ir y que hablemos cara a cara.

El ex-SOLDADO no podía creerlo. Había sido derrotado por segunda vez en la misma noche por el robot de Shin Ra. Su impotencia no tenía límites. Miró al cielo, intentando encontrar una explicación a su estupidez escrita en algún lugar, junto a las estrellas. Soltó a Cait Sith.

– Bien, veo que finalmente has entrado en razón.
– ¿Quién eres? – le preguntó Cloud.
– ¿Acaso no lo ves? Soy un espía. Estoy en el cuartel general de Shin Ra. Manejo esta marioneta desde aquí, mientras escucho música y me fumo un puro.
– ¿Cuánto hace que raptaste a Marlene? – Cloud intentaba no caer en las provocaciones de Sith.
– Eso no te incumbe. Cállate y déjame hablar. No estás en posición de hacer preguntas – la boca del robot ya no se movía. En realidad, el gato se había quedado estático, sin ninguna expresión en el rostro. La voz ronca de Cait Sith sonaba dentro de él, como si se hubiera tragado un teléfono.

Tanto Cloud como Aerith apretaron sus puños. Hubieran deseado aplastar al robot y convertirlo en pedazos, pero eso no hubiera cambiado nada. Cloud se prometió a sí mismo volver a Midgar algún día y buscar a Sith. Se prometió darle una muerte lenta y dolorosa.

– En realidad… – empezó Sith. Su voz temblaba ligeramente. Parecía asustado – en realidad no sé si he hecho lo correcto. Veréis, sí, soy espía de Shin Ra. Desde un primer momento me acerqué a vosotros con el fin de proporcionar información a la empresa. El presidente Rufus os teme más de lo que os imagináis. Lo cierto es que últimamente empecé a ocultarles cada vez más información. Empiezo a conoceros y no me caéis mal. Creo que sois buena gente y que no os merecéis todo esto.
– ¿Te estás riendo de mí? – le preguntó Cloud.
– En absoluto. Os recomiendo que os mantengáis al margen de todo este asunto. Es peligroso y no estáis preparados.
– Lo siento, no puedo aceptarlo. Nada ni nadie puede impedir que siga adelante. Necesito saber tantas cosas… y sé que en Sephiroth están las respuestas.
– Lo suponía – Sith suspiró, aunque a través del robot sólo llegó el sonido -. Bien, creo que estoy en deuda con vosotros. Sé donde está el templo de los Ancianos.
– ¿Crees que soy estúpido? – Cloud golpeó el suelo con el puño – Nos llevarás a una emboscada. Los Turcos y los miembros de SOLDADO acabarán con nosotros.
– No me interesa acabar con vosotros, y a Rufus tampoco. Esto es algo personal. Os estoy ofreciendo mi ayuda. Vosotros decidís si la tomáis o la dejáis.

Cloud y Aerith miraban al robot. Una brisa rozó sus rostros y aplacó un poco la ira de ambos.

– Danos una noche para meditarlo – contestó Aerith.
– Como queráis. Mañana por la mañana nos veremos todos en el hall del hotel. No quiero que le digáis a nadie lo que ha ocurrido esta noche. Si me entero de que alguien lo sabe, especialmente el grandullón, mataré a Marlene. ¿Está claro?
– Si tu ayuda es verdadera – le dijo Cloud -, eres un tipo realmente extraño.

Volvieron al hotel. Cloud se echó en la cama y esperó. Pronto llegó Aerith, que había ido a recoger la Materia curativa a su cuarto. Dulcemente, le quitó el pantalón a Cloud y posó sus manos sobre la herida. Cloud hundió la cabeza en la almohada, en señal de dolor. Poco a poco, el corte se fue cerrando. Cuando hubo cicatrizado, Aerith se levantó y se sentó a la altura de la cabeza de Cloud.

– Ya está.
– Muchas gracias, Aerith – le respondió Cloud mientras se sentaba con las piernas cruzadas.
– ¿En qué piensas? – le preguntó ella.
– En todo lo que ha ocurrido esta noche. No entiendo como he podido ser tan estúpido. He tenido a un espía de Shin Ra delante de mis narices y no lo he sabido ver.
– Tranquilo, nadie lo sabía – le consoló ella mientras le acariciaba en la nuca.
– Lo sé, pero es distinto. Yo trabajé para Shin Ra, sé cuales son sus métodos.
– ¿Crees que lo que dice del templo es verdad?.
– No lo sé. ¿Tú qué crees? – le preguntó Cloud mirándola fijamente.
– Yo… creo que dice la verdad. El problema es que…
– El problema es que confías demasiado en la gente – dijo Cloud mirando hacia el techo. Su tono estaba lejos de ser amable.
– ¡Y el tuyo es que no confías en nadie! – le gritó ella, poniéndose en pie.
– El mundo se ha convertido en un lugar inseguro, Aerith. Tú mejor que nadie deberías saberlo. Cait Sith es una muestra de ello.
– Debemos darle otra oportunidad. ¿No le escuchaste? Está arrepentido.
– ¿De verdad te crees lo que dice un espía de Shin Ra? – Cloud estaba perplejo.
– No es eso, simplemente creo que la gente puede equivocarse y que puede recapacitar. Creo que debemos perdonarle.
– ¡En la vida perdonaré a ese traidor! Es más, pienso darle la peor de las muertes cuando le dé caza.
– Venganza. Vives obsesionado con ella. ¿Siempre tienes que hacer pagar a la gente sus errores? – le dijo ella en tono de reproche.
– Siempre.
– ¿De verdad eres incapaz de perdonar?
– Sí.
– ¡Oh! – Aerith se cruzó de brazos y se sentó de nuevo, pero en la silla.

Tras un silencio incómodo, Cloud retomó la conversación.

– ¿Te das cuenta?
– ¿De qué? – le preguntó ella secamente.
– De que por culpa de Sith estamos discutiendo.
– Es… – Aerith no supo qué responder.
– Aerith, la noche que he pasado hoy contigo ha sido la mejor noche de toda mi triste vida. No estoy seguro de lo que siento, pero sé que eres importante para mí.
– Cloud… – Aerith se sentó a su lado y empezó a acariciarle de nuevo.
– Sé que no se me dan bien estas cosas… verás… esta noche, no quiero estar solo.

Aerith miró a Cloud a los ojos. Durante un rato intercambiaron sus miradas, que poco a poco se fueron cargando de lujuria. Los labios de Aerith se despegaron lentamente y su respiración se aceleró. Finalmente, sus rostros se acercaron y se besaron. Aerith empujó suavemente a Cloud, que quedó tumbado. Ella se deslizó de nuevo hacia arriba, rozando su cuerpo expresamente contra el de Cloud. Empezó a besarle el cuello. Cloud se ruborizó sobremanera. Acarició los brazos de Aerith, y pudo comprobar como su piel ardía, al igual que la suya.

Subió su mano hasta el hombro de la muchacha, y tiró del vestido. Aerith sacó un brazo y luego el otro. Cloud tiró de la ropa hacia abajo y finalmente la lanzó al otro lado de la habitación. Ella tiró del jersey hacia arriba para quitárselo, pero lo dejó a mitad de su cara, tapándole los ojos. Entonces le besó de nuevo. Cloud notaba como los senos de Aerith le rozaban el pecho. Tenía la piel suave y sedosa. Cuando ella se decidió a sacarle definitivamente el jersey, Cloud inspiró profundamente y se empapó de la fragancia de mujer que desprendía Aerith.

Por increíble que pudiere parecer, Cloud se olvidó por completo de la Piedra Angular, de Cait Sith y de la traición. Sólo deseaba que aquel momento durase toda la vida. Pensaba disfrutar como si aquella fuera a ser la última noche junto a Aerith.

Se besaron y se amaron toda la noche, como dos personas enamoradas que eran. Mientras tanto, en la habitación contigua, Tifa no podía conciliar el sueño. Tenía un presentimiento extraño, aunque no sabía de qué se trataba. Se levantó y se sirvió un vaso de zumo de nuez algarroba.