Llegaron a Kalm. Era un pueblo realmente singular. Todo el suelo estaba cubierto por adoquines azules. Los tejados de las casas eran también azules, a juego con el suelo. Las paredes eran blancas, cruzadas por tablas de madera de abedul. Todo parecía estar en armonía. Era un lugar diseñado para transmitir calma y tranquilidad a los viajeros que paraban allí.

– Veo que este pueblo se resiste a los cambios – dijo Cloud echando un vistazo a su alrededor.
– Es precioso – Aerith miraba las casas con los brazos estirados.
– Bien. Podéis ir a la posada y coger una habitación si queréis. Yo debo visitar algunos lugares primero.

Dicho esto Cloud se alejó. Todos se dirigieron a la posada. La temperatura era agradable dentro. El suelo y las paredes eran de madera, lo cual contribuía a la sensación de bienestar.

– ¡Qué bien se está aquí! – dijo Tifa sonriendo al dueño de la posada.
– Claro. Desde que Shin Ra instaló su generador en el pueblo ya no pasamos frío. El mako es la solución a todos nuestros males.

Todos se echaron una mirada sombría. No debían levantar sospechas, así que todos asintieron. Cogieron una habitación y subieron. Tifa y Aerith se contaron sus vidas mientras Red y Barret descansaban. Barret tuvo que juntar dos camas para que los brazos no le colgaran. Aerith señaló por la ventana a Cloud que se acercaba cruzando la plaza principal. Llevaba al hombro un saco.

– ¿Dónde has estado? – le preguntó Aerith cuando llegó.
– He estado de compras. En Kalm hay unos armeros excelentes y puedes encontrar buena Materia en algunas tiendas. Se nota que es una ciudad de paso para muchos viajeros.
– ¿Nos lo enseñas?

Cloud desplegó todo lo que había comprado. Pudieron ver varias esferas de colores y algún que otro artefacto.

– He comprado Materia para todos. Quiero adiestraros a ti y a Barret, Tifa – cogió unos medallones – A esto se le llama ‘medallón estrella’, protege contra el envenenamiento.
– ¿Crees que lo necesitaremos? – preguntó Tifa que no entendía el porqué de esa compra.
– Sí. He pensado en la ruta que tomaremos. Deberemos atravesar una ciénaga donde… hay un animal que es algo peligroso. Nos envenenará si se le presenta la ocasión.
– ¿No hay otro camino? – la cara de Tifa se había vuelto blanca como la nieve de Iciclos.
– Cualquier otra ruta está controlada por Shin Ra. Hay una pequeña cueva al final de la ciénaga que te permite atravesar la montaña por dentro. Es algo peligroso, pero muy poca gente la conoce. No tenemos alternativa.

Las dos chicas se quedaron un momento en silencio. Se aproximaban tiempos difíciles para todos. Suerte que tenían a Cloud que parecía saberlo todo acerca de rutas, monstruos y demás.

– ¿Dónde está tu espada?
– Se la dejé a un armero de confianza. La está bañando en mitrilo. Quedará como nueva.

Barret y Red se levantaron al cabo de un rato. Se reunieron con el resto.

– Tened, esto os reconfortará – dijo Cloud blandiendo dos pequeñas pociones. Miró por la ventana y frunció el ceño – Antaño había una fuente presidiento la plaza de Kalm. La han sustituído por ese pequeño generador de energía de Shin Ra.
– ¡Están en todas partes! – Barret se había recuperado.

Se hizo un pequeño silencio.

– Cloud, ¿Nos vas a contar tu pequeña historia? – a Aerith no se le olvidaba fácilmente.
– Deberíamos descansar.
– ¡No te escaquees!
– Cloud… – Tifa cogió a Cloud de la mano – creo que estaría bien compartirlo. Parece que vamos a ser compañeros de viaje durante un tiempo. Debemos confiar los unos en los otros.

Cloud tenía la mirada perdida. Le producía dolor volver a aquellos recuerdos que cada noche le acechaban. Quizá abrirse y compartirlo era la única cura. Quizá Aerith tenía razón. Quizá lo contara.

– Está bien – se levantó – Vayamos a los catres. Convendría que estuviéramos cómodos.

Todos se acomodaron. Después de todo lo que había pasado los últimos dos días, aquél era un momento de paz. Cloud se sentó en medio de la cama. Barret se sentó en el suelo y Tifa se recostó en su enorme pecho. Barret le acariciaba la cabeza. “Realmente se aprecian, me alegro de que sean amigos. No es un mal tipo.”. Aerith se sentó en la cama junto a Cloud con las piernas cruzadas. Red se echó en el suelo moviendo el rabo de un lado al otro de forma hipnótica. “Qué animal tan extraño. Su rabo siempre está ardiendo.”.

– ¿Ya? – dijo Aerith.
– Sí – Cloud carraspeó – Todo empezó hace cinco años. Yo acaba de subir a Primera Clase. Íbamos de camino a una misión importante. En el vehículo viajábamos yo y Sephiroth, como miembros de SOLDADO, y tres soldados de Shin Ra – miró al techo – Sephiroth siempre quería que le acompañara a todas las misiones. Había mejores guerreros, pero él insistía en que fuera yo. Me enseñaba todo lo que sabía. Tenía mucha paciencia y me hablaba como un padre. Todo lo que sé del arte de la lucha se lo debo a él. De hecho, subí a SOLDADO sólo para convertirme en un héroe, igual que él… pero cuando lo logré la guerra ya había terminado. SOLDADO sólo se ocupaba de reducir las pequeñas resistencias contra Shin Ra.
Aún recuerdo el frío que hacía aquel día…

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