Capítulo Final – Cuatro

10 diciembre 2009

Cloud había perdido la noción del tiempo y el espacio. Hacía tiempo que no sabía su subía o bajaba. De hecho, no sabía ni si realmente seguía moviéndose. Solo sabía una cosa: Sephiroth estaba cerca. Solo su poder podía deformar de aquella forma el espacio tiempo. Además, notaba su presencia, y cada vez más cerca. Podía sentir su maldad penetrando cada poro de su cuerpo, ruborizándole. Pero debía ser fuerte. El miedo era la mejor arma de Sephiroth.

De pronto un destello apareció a lo lejos. Era verdoso y, en cierto modo, reconfortante en mitad de aquella penumbra absoluta. Se aproximaba a gran velocidad, pero Cloud no sentía vértigo. Cuando estuvo realmente cerca paró en seco. Se trataba de una roca rojiza de forma esférica y totalmente hueca. Su interior estaba rebosante de makko, que brotaba a borbotones y se perdía en la inmensidad. La concentración de makko era tal que adoptaba la forma de un líquido de gran viscosidad. De entre el makko brotó una silueta negra que Cloud reconoció rápidamente a contraluz. Complexión delgada, pelo largo; y esa maldita espada…

El rostro de Sephiroth se iluminó. Miró a Cloud de forma inexpresiva.

– Hay que tener agallas para bajar hasta aquí a desafiarme. No está mal para un soldado raso – le dijo Sephiroth, intentando minar la confianza de Cloud en sí mismo recordándole su infausto pasado.

– No he venido a por ti. Matarte solo será un daño colateral – repuso Cloud con toda la entereza que pudo. La presencia de Sephiroth le perturbaba más que nada en el mundo. Pero no pensaba dejar escapar el miedo para que Sephiroth se alimentase de él.

– Ah, ¿no? Y, ¿a qué has venido? No veo a nadie más por aquí – le contestó Sephiroth con sorna y una sonrisa maliciosa que hacía que sus facciones se tornasen más afiladas.

– He venido a matar a Sephiroth. Si para llegar hasta donde está él he de deshacerme de ti… que así sea.

– Eres muy listo, soldado – el clon de Sephiroth cerró los ojos durante un instante. Cuando los abrió de nuevo su semblante había cambiado totalmente. Cloud pudo reconocer aquella mirada. Le pareció ver lástima y, al mismo tiempo, una rabia y una ira infinitas – ¿Es que no te das cuenta? Es imposible llegar adonde estoy.

– Eso ya lo veremos. Por el momento voy a deshacerme de tu marioneta. Y luego iré a por ti – esto último lo dijo con tal convicción que incluso le pareció distinguir el miedo en los ojos de Sephiroth por un fugaz instante.

– ¡¡¡NECIO!!! ¡Soy inmortal! – dicho esto Sephiroth estalló en carcajadas y el makko empezó a hervir, evaporándose. Pronto Cloud y Sephiroth se vieron envueltos en humo.

Cloud se sintió caer y, para su sorpresa, bajo el humo parecía haber suelo firme contra el que se estrelló.  Sephiroth continuaba riendo, aunque cada vez de forma más extraña. Su timbre tornábase grave y las venas de su cuello, negras. Sus ojos se pusieron en blanco y las carcajadas cesaron. Su cuerpo estaba mutando. El brazo izquierdo se volvió más delgado y alargado. Sus piernas también se alargaron, pero en lugar de adelgazar se partieron en dos, dando lugar a cuatro extremidades inferiores. De pronto un cúmulo de plumas blancas brotaron a lo largo de sus extremidades, exceptuando el brazo derecho, que continuaba siendo como el de un ser humano. Las últimas plumas en aparecer fueron violetas y se posaron en las puntas de las alas. Todos estos cambios vinieron acompañados de un aumento de volumen general que hizo añicos su vestimenta. Era un engendro más salido del laboratorio del Dr. Hojo. Ahora a Cloud no le cabía ninguna duda; sus sospechas estaban fundadas.

– ¡Mírame, soldado insignificante! ¡Soy un dios alado! – le gritó el engendro emplumado con una voz grave y distorsionada.

– ¡No eres más que un engendro! Voy a destruirte.

– ¿De veras? ¿Tú solito?

– No estoy solo.

Dicho esto Cloud alzó ambos brazos y su cuerpo se vio envuelto por un aura verdosa. Cientos de esferas multicolor brotaban del suelo para girar alrededor de su cuerpo y más tarde desaparecer. Estaba llevando a cabo su última invocación. Entre ambos el humo de disipó con violencia y apareció una gran mesa redonda a la que había sentados doce fornidos caballeros recubiertos por pesadas armaduras metálicas y armados con espadas, hachas, cayados y demás. Los doce caballeros dejaron sus asientos y la mesa se desvaneció. Su aspecto era terrorífico, pues de las rendijas de sus cascos brotaba una luz blanca.

– ¡Caballeros! ¡A por él!

Los doce caballeros y Cloud se abalanzaron sobre el engendro, pero no fue tarea fácil propinarle un golpe. Sephiroth alado poseía una rapidez inasequible para sus rivales, lo que hacía que su cuerpo desapareciese justo antes de ser impactado por una espada. Esquivó los sucesivos golpes durante un rato, hasta que finalmente se propulsó en alto para darse un respiro. Pero ahí estaba Cloud, esperándole, que le asestó un corte en el pecho del que empezó a brotar sangre negra y viscosa. Por un momento el tiempo pareció detenerse. Sephiroth alado miró a Cloud con cara de incredulidad. El respiro no duró demasiado, pues uno de los caballeros armado con una enorme maza saltó y le propinó un golpe en la cabeza que lo devolvió al suelo. Allí estaban esperando sus compañeros.

Antes de tocar suelo otro de los caballeros que lucía pelo rubio bajo sus casco dorado le asestó un golpe de cayado que lo hizo volar varios metros más antes de toparse con la espada de su compañero, que ensartó el cuerpo del engendro. Con un brusco movimiento de brazo, Sephiroth alado salió despedido hacia el lugar donde se hallaban tres caballeros de armaduras plateadas y plumas rojas en el casco. El primero de los tres descargó una tormenta eléctrica sobre él que le produjo sumo dolor. Pero su sufrimiento estaba lejos de acabar, pues el segundo lanzó una llamarada que laceró todo su cuerpo, provocándole quemaduras y llenando su espalda de ampollas. Sephiroth alado intentó revolverse cuando el tercero invocó una tormenta de estacas de hielo que se clavaron por todo su cuerpo, desgarrándole la piel.

Sephiroth alado lanzó un ofensiva en forma de rayos de energía contra sus oponentes, pero éstos ya habían desaparecido. De pronto se sintió aprisionado. Uno de los caballeros, que poseía un gran torso, le inmovilizó por detrás. Sephiroth alado vio como otro caballero armado con un hacha le asestaba un corte limpio que le cercenó el ala superior izquierda. Cuando el ala cayó al suelo las plumas ardieron como por arte de magia, y pronto no quedó rastro. Estaba tan perplejo que apenas notó cómo la espada de un noveno caballero le atravesaba el pecho. Vomitó sangre y se sintió desvanecer, pero todavía le quedaban energías para desprenderse y plantar cara a su adversario. Su poder parecía inagotable.

Se liberó de la espada que lo atravesaba y adoptó su posición de ataque, pero entonces una enorme lanza se clavó en su cuello. Y tras esta, otras dos. La primera le atravesó una de sus alas inferiores y la segunda había impactado de lleno en el vientre. Lo último que vio antes de caer fue la silueta borrosa de los caballeros que le habían derrotado.

Caído Sephiroth alado, los doce caballeros formaron filas y esperaron. De entre la neblina apareció un enorme trono, con un rey cruel y despiadado en él. Su mirada era fría. Miró al engendro abatido y asintió con la cabeza. Los caballeros de la mesa redonda tomaron este gesto como su liberación del deber y simplemente desaparecieron. Al cabo de unos segundos solo estaban Cloud y los restos de Sephiroth alado.

El muchacho nibelfeño envainó su espada y avanzó hacia el cadáver de su oponente. Sin darse cuenta torció la boca en señal de asco. El cadáver desmembrado y rodeado de sangre hedía como las cloacas de Midgar. Lo miró fijamente durante un rato mientras pensaba en cuál sería la siguiente fase de su plan. Debía llegar hasta el verdadero Sephiroth, aquél al que lanzase a la Corriente Vital años ha. Pero, ¿cómo? Todavía estaba meditando cuando se llevó un susto de muerte. Sephiroth alado abrió los ojos y se incorporó de cintura para arriba. Cloud intentó desenvainar su espadón pero no fue lo suficientemente rápido. Sephiroth alado clavó su brazo izquierdo por completo en el vientre de Cloud, desgarrándole la carne con crueldad.

– Soy… invencible – le susurró el engendro en su último estertor. Cayó fulminado.

Cloud sacó el brazo de su interior y vio como su roja sangre brotaba sin cesar sin que él pudiese hacer nada. Cayó de rodillas, intentando tapar aquel enorme agujero que iba a provocarle la muerte. Empezó a ver borroso. Maldijo a Sephiroth, a Hojo y a Shin Ra. Maldijo su suerte por haber pecado de incauto en un momento decisivo. Se había confiado en exceso, y ahora iban a pagarlo él y todos los habitantes del Planeta. No podría detener a Sephiroth.

Cayó al suelo, inconsciente. Cuando despertó se sintió extraño. No podía explicarlo, pero se sentía liberado, en cierto modo. No tenía ni frío ni calor, y ninguna molestia física le impedía levantarse de nuevo. Pero antes de que pudiera intentarlo sintió algo realmente extraño y desagradable. Se sintió succionado, de alguna forma, hacia atrás. Era como si una fría garra se hubiera clavado en su espalda y tirase con todas sus fuerzas. Se sintió levitar, y fue entonces cuando obtuvo una respuesta. Se vio a sí mismo tirado en la fría roca, desangrado. Pero él se elevaba cada vez más sin poder evitarlo. Dejó de luchar y aceptó su destino. Su espíritu estaba siendo llevado a la Corriente Vital.

Vértigo. Viajaba por interminables agujeros de gusano iluminados por tenues destellos que torcían en una y en otra dirección de forma incesante. Empezaba a preguntarse si aquello era un viaje hacia la Corriente Vital o si había quedado atrapado en algún tipo de bucle astral infinito. Finalmente decidió cerrar los ojos y dejarse llevar.

Aterrizó en mitad de la nada; una inmensidad negra infinita. De pronto se percató de que estaba tumbado bocabajo, si es que este término podía aplicarse a su forma de existir actual. Se incorporó lentamente y cuando alzó la cabeza se encontró cara a cara con su archinémesis. Sephiroth, el verdadero Sephiroth, se hallaba frente a él con Masamune en alto.