Capítulo XXXIII – Nanaki

30 marzo 2009

Nanaki

Nanaki

Nanaki, hijo de Seto, descendiente de una raza ancestral en peligro de extinción. Al igual que su padre, Nanaki  supo que era especial desde que tomó consciencia de sí mismo. Nació y se crió en Cañón Cosmo, el último refugio  de los humanos “que aman al Planeta”, según las palabras de su sabio padre. Su raza estaba al borde de la  extinción, por ese motivo Nanaki nunca se relacionó con otros de su especie que no fuesen los de su familia.  Pronto aprendió el simple lenguaje de los humanos, gracias al cual logró desarrollar unos lazos afectivos  importantes con un humano sabio y respetable que habitaba en el observatorio de Cosmo. Estos lazos llegaron a ser  tan fuertes que Nanaki aceptó a aquel humano como un miembro de su familia, y lo llamó abuelo.

La familia de Nanaki se dedicaba a proteger el cañón de las bestias y monstruos que habitaban el mundo. Hubo un  fatídico día en que la tribu Gi atacó Cosmo reclamando aquella tierra como suya. Nanaki era todavía demasiado  cachorro, de modo que Seto le encomendó a su abuelo humano la tarea de ponerle a salvo. La madre de Nanaki murió  asesinada y Seto sacrificó su vida para poder retener a los atacantes mientras los habitantes del cañón sellaban  la entrada. Fue atravesado por infinitas lanzas venenosas que acabaron petrificándole, no sin obtener  resistencia, pues provenía de una raza de gran fortaleza física y espiritual.

Nanaki pasó el resto de su infancia bajo la tutela de su abuelo humano, quien le enseñó a amar al Planeta y a  utilizar la energía vital para hacer el bien. Nunca conoció la verdadera historia de lo ocurrido con la tribu Gi,  con lo que llegó a inferir que su padre huyó el día del ataque. Le odió.

Cuando era ya un adolescente, los hombres de Shin Ra vinieron a buscarle. Por desgracia Nanaki no era lo  suficientemente fuerte para enfrentarse a las avanzadas armas de la compañía, y acabó finalmente en el  laboratorio de Hojo. Su abuelo lamentó el incidente, aunque siempre albergó la esperanza de que todo hubiese  ocurrido por algún motivo. Y así fue. Nanaki fue rescatado por el grupo rebelde Avalancha de las mismas  instalaciones de Shin Ra. Se unió al grupo y prestó un gran servicio. Un día el camino les condujo a Cosmo y  Nanaki pudo reencontrarse con su abuelo. Allí Nanaki descubrió por sí mismo la verdad acerca del incidente y  combatió a los espíritus de la tribu Gi que todavía moraban en la cara norte del cañón. Aquello fortaleció su  espíritu, y su abuelo le aconsejó acompañar a Avalancha y luchar por el Planeta.

El hijo de Seto devino un gran guerrero luchando al lado de Cloud Strife. Ahora la vida del Planeta corría serio  peligro. Disponían tan solo de unos días para acabar con el germen que lo estaba infectando desde dentro. Cloud  les había ordenado pasar las últimas horas con los suyos para reflexionar antes de la última batalla, y él había  regresado a Cosmo para estar con su abuelo. Cuando entró en el observatorio encontró a su abuelo en la cama. Sus  arrugas se habían multiplicado y su respiración era dificultosa. Los ojos parecían haberse hundido en las  cuencas. Su aspecto era calavérico. Un olfateo les bastó a Nanaki para reconocer el olor de la muerte, creciendo.

– ¡Abuelo!

Se lanzó al cabezal de la cama y Bugenhagen lo miró con una pequeña sonrisa.

– Mi querido Nanaki… – le dijo con un hilo de voz.
– ¡Abuelo, no me abandones!
– Ay, mi joven Nanaki. Mi hora de regresar al Planeta se acerca. Es inminente. Me alegro de haber podido verte  una última vez. Sin duda es el mejor de los regalos que podía haberme hecho el Planeta en mis últimas horas.
– ¡Abuelo! – sollozó Nanaki entre aullidos – No puedes irte, ¿qué haremos sin ti?
– Ah, sin mí… el mundo ya giraba antes de mi llegada, y lo seguirá haciendo cuando me marche. El cañón queda en  buenas manos, Nanaki. Sé que cuidarás de todos y transmitirás toda tu sabiduría a los que vengan.

En ese momento se abrió la puerta y Cloud hizo aparición.

– Red, necesito un momento a solas con tu abuelo. No será mucho, lo prometo.

Nanaki esperó en el recibidor del observatorio hecho un ovillo. Pensó en el futuro sin su abuelo y no era capaz  de encontrar consuelo en sus palabras. Se sintió turbado. El pensamiento de que su abuelo podía morir en  cualquier momento sin que él estuviera presente le oprimía el pecho. Al fin Cloud salió de la habitación.

– Ve con tu abuelo. Nos veremos en breve. Ánimos – se despidió Cloud.

Entró de nuevo en la habitación. Pasó la noche velando a su abuelo, cuya respiración era cada vez más pausada. Dio vueltas alrededor de la habitación desesperadamente. Buscó mil y un remedios para evitar lo inevitable, pero  acabó aceptando lo que estaba a punto de ocurrir. Su abuelo iba a morir y él iba a quedarse solo en el mundo.  Bugenhagen despertó de súbito con una vitalidad inusitada y llamó a Nanaki. Le habló mientras acariciaba su lomo.

– Mi hora ha llegado, Nanaki. Prométeme que destruirás a Sephiroth y salvarás al Planeta. Que cuidarás del cañón  durante tus largos años de vida.
– ¡No, abuelo! ¡Todavía no! ¡No me dejes solo! – Nanaki hundió su hocico entre el colchón y el cuerpo de su  abuelo.
– ¿Solo, dices? Yo siempre estaré en la Corriente Vital para guiarte. Encontrarás a una superviviente de tu raza y  crearás una familia.
– No… eso no es cierto. Yo soy el último.
– Ah, ¿eso crees? Nanaki, debes tener fe.
– No me dejes.
– Lo siento Nanaki. Debo partir. Estoy… orgulloso… de ti… – Bugenhagen cerró los ojos y, con una sonrisa,  su cuerpo dejó esforzarse por seguir con vida. Su corazón se paró y sus pulmones expulsaron su último aliento.
– ¡Abueeeeeeeeelooooooooo! ¡Uuuuuuuuh!

Nanaki aulló en lo alto del observatorio hasta que amaneció. Esa noche hubo luna llena. Todos los que habitaban Cañón Cosmo encendieron una vela por Bugenhagen.

(Abuelo. Lucharé por ti.)

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