Capítulo XXXI – Cuatro

6 septiembre 2008

Atravesaron como el rayo las montañas nevadas. Llegaron a la costa sur del continente del norte y Cid descendió para que pudieran ver el mar de cerca. La brisa marina del norte, aunque fría, les reconfortó el espíritu. Vincent fue el único que no participó en todo esto. Estaba inquieto. No sabía explicar por qué, pero el lugar al que se dirigían le turbaba en extremo. ¿Qué podía esperarles allí?

Volaron sobre Corel el Norte y más tarde vieron la ciudad de Corel. Siguieron paralelamente la sierra que dividía el continente en dos hasta que finalmente otearon el emplazamiento al que se dirigían. Las montañas describían un círculo perfecto y en mitad de ellas el lago de aguas oscuras aguardaba, pacífico. Cid tuvo que tomar mucha altura, pues el agua del lago llegaba casi hasta la cima. Parecía un recipiente de enormes dimensiones, colmado de agua. Era imposible aterrizar el Vientofuerte.

– ¡Mierda! Es imposible aterrizar aquí el Vientofuerte. No veo ni una maldita llanura que no esté a kilómetros – anunció Cid, esperando alguna solución por parte del líder.
– Sigue sobrevolando la zona, a ver si encontramos algo – repuso Cloud, dándose tiempo para pensar.
– ¿Y si aterrizamos un poco más lejos y venimos a pie? – propuso Yuffie.
– No pienso escalar estas montañas. ¡Tardaríamos meses en llegar a la cima! – protestó Barret mientras echaba una ojeada.
– Barret tiene razón – intervino Vincent que acababa de llegar al puente de mando -. Iré yo.

Dicho esto se dirigió hacia el interior de Vientofuerte. Los demás le siguieron, aunque caminaba a un paso difícil de seguir.

– ¿Cómo piensas ir? – le preguntó Cloud.
– Es fácil. Voy a tirarme desde el mirador de abajo con una cuerda atada a la cintura. Bajaré, encontraré la llave y luego me subiréis otra vez.
– Podrías lastimarte – esas palabras hicieron que Vincent parase en seco.
– He sobrevivido a caídas mucho peores que esta. El lago es profundo. Vosotros encontrad una cuerda que sea bien larga.
– Hay una arriba, en el almacén. La hacíamos servir cuando había cargas que… – le dijo Cid.
– Estupendo. Id a buscarla. Nos vemos en el mirador.

Una vez se reunieron, Vincent se ató la cuerda en la cintura. Se asomó agarrándose a la barandilla y calculó la altura. No parecía preocupado.

– Escuchad. Cuando quiera que me subáis tiraré de la cuerda tres veces.
– Vincent, ten cuidado – le dijo Yuffie con lágrimas en los ojos, abrazándole. Vincent la rodeó con sus brazos y le besó el pelo.
– No temas pequeña. Pronto estaré aquí para protegerte – le dijo en un tono que, para ser Vincent, podía considerarse amable.

Se subió a la barandilla con las piernas flexionadas. Sintió la brisa templada. Una pequeña nube se había interpuesto ahora entre Vientofuerte y el lago. Saltó. Todos se apresuraron a mirar hacia abajo. Vincent caía de espaldas con los brazos extendidos y los ojos cerrados. La cuerda se desenrollaba frenéticamente. El ex-Turco atravesó la Nube haciendo un pequeño agujero que volvió a cerrarse. La cuerda quedó tensa finalmente, por lo que pudieron adivinar que había llegado al lago.

Vincent abrió los ojos. Estaba totalmente sumergido. Por un momento se desorientó y no supo si se encontraba bocarriba o bocabajo, pero pronto vio la claridad en lo más alto. Echó una ojeada en derredor antes de subir a tomar aire. No vio nada digno de mención. Subió a la superficie y tomó aire. El agua estaba helada en comparación con el aire que era templado, algo extraño a semejante altura. Por primera vez oyó el estruendo de la cascada. Miró hacia arriba y vio una parte de Vientofuerte asomando tras la nube. Así visto a contraluz, parecía un pájaro enorme. Se mantenía prácticamente estático, aunque todas sus hélices rugían con fuerza.

Sin perder más tiempo, empezó a buscar alguna ranura en la roca donde la llave pudiera hallarse. Nada. El interior de aquella “bañera” era totalmente liso. La erosión del agua había pulido la roca hasta hacerla lisa. Era un paraje hermoso y curioso. Se acercó a la roca y empezó a palpar. El tacto era agradable. Miró hacia el fondo. Por un momento pensó que la llave estaría al fondo de aquel lago, y le invadió una sensación de agobio. Era imposible llegar al fondo a pulmón. Ni siquiera él era capaz de aquello. Se sumergió y nadó con todas sus fuerzas, pero cuanto más bajaba más negro se volvía todo. Volvió a la superficie y meditó.

Quizás se estaba equivocando. Se había empecinado con aquel lugar, pero lo cierto es que el paradero real de la llave era un misterio. ¿Habría Bugenhagen adivinado alguna otra pista durante las horas que habían estado viajando a través de los continentes? Miró la cascada. Siguió con la vista el flujo del agua hasta la pequeña apertura de la que brotaba. ¿Estaría ahí arriba la llave? Merecía la pena probarlo. Se encaramó como pudo por la roca junto a la cascada y empezó a trepar. La empresa era harto difícil, pues al estar la roca tan erosionada apenas había salientes o huecos en los que apoyar las manos y los pies. Vincent clavaba sus dedos dorados en la roca y hacía un boquete en el que más tarde posaba su pie. Cayó varias veces al agua, pero cada vez que reemprendía el camino hacía nuevos boquetes, con lo que la posterior subida era más fácil. Llegó a la altura de la ranura por la que brotaba el agua. Apenas podía asomarse, pues el agua salía con fuerza. Decidió arriesgarse e intentar luchar contra la fuerza del agua e introducirse por la ranura. Tal como metió la mitad de su cuerpo en la ranura, el agua le empujó con fuerza y le hizo perder el equilibrio. Cayó, pero contrariamente a lo que había esperado, cayó sobre suelo firme. Se lastimó los codos, pero se incorporó rápidamente y observó aquel lugar.

Estaba tras la cascada. A su espalda la cortina de agua no le dejaba ver el exterior. Enfrente, un pasadizo antinatural le invitaba a adentrarse en la montaña.

– Eureka – exclamó.

Caminó por el pasadizo. Al fondo había una luz ténue y azulosa. ¿Habría alguien esperándole al otro lado? La sola idea hizo que se le erizase el vello. Finalmente entró en una pequeña estancia que sin duda había sido obra de los Cetra. Al fondo de la estancia había un altar hecho de cristal. Sobre éste, brotaba una fuente de makko. No había ni rastro de la llave. Decidió acercarse al altar para buscar con más detenimiento, pero tal como se acercó cayó al suelo de bruces, desmayado.

Una serie de secuencias pasadas se proyectaron en su cabeza en tercera persona. Primeramente vio una panorámica de Nibelheim. Se vio a sí mismo vestido de Turco. Llevaba el pelo más corto y sus músculos estaban más desarrollados. Se encontraba custodiando la Mansión Shin Ra. Luego se vio fugazmente discutiendo con Lucrecia, pero esa visión fue reemplazada rápidamente por otra en la que se veía a Lucrecia y al Profesor Hojo, abrazándose. Entonces vio claramente a Lucrecia, y escuchó su voz: “se llamará Sephiroth”. Esta visión se desvaneció y en su lugar apareció de nuevo Lucrecia, muerta, en mitad de un salón. Sus ojos ya no tenían vida. El salón con lucrecia se evaporó y en su lugar apareció el sótano de la Mansión Shin Ra. Se vio a sí mismo gritándole al profesor Hojo. Entonces se abalanzó sobre él, pero el profesor le disparó con un revólver. Vincent se vio morir a causa del disparo. Vio la agonía del profesor Hojo. Entonces su cuerpo desapareció y reapareció sobre la mesa de operaciones. El profesor Hojo estaba interviniéndolo. El cuerpo del profesor Hojo desapareció, y entonces Vincent se vio despertar. Se levantó de la camilla, desnudo. Su aspecto era más parecido al actual. Su pelo había dejado de brillar, y su rostro ya no era el de un joven saludable, sino huesudo y macilento, como lo era ahora. Vio a su otro yo caer de rodillas al suelo debido al dolor que le estaban provocando los cambios que se producían en el interior de su cuerpo. ¿Qué le había hecho el profesor Hojo?

Finalmente despertó. Le costó recordar donde se encontraba. Ojeó la cueva y entonces recordó por qué estaba allí. Miró hacia la fuente de makko y quedó aterradoramente sorprendido. Allí estaba Lucrecia, mirándole.

– ¡Lucrecia! Estás viva… ¿es esto una alucinación?
– Quería desaparecer – respondió ella haciendo caso omiso de la pregunta de Vincent -. Quería morir, pero JENOVA dentro de mí no me dejaba. Hacia el final, solía soñar mucho con mi pequeño bebé. Mi querido Sephiroth. Ni siquiera cuando nació pude tenerlo en mis brazos; ni una sola vez. No se me puede llamar madre – la cara de Lucrecia mostraba una pena y un sufrimiento sin límites.
– ¡Lucrecia! Quédate, por favor. Estoy aquí, contigo.

Por primera vez Lucrecia pareció reparar en la presencia de Vincent.

– Vincent, dime, por favor.
– ¿Qué?
– ¿Sephiroth… sigue vivo? – los ojos de Vincent se llenaron de lágrimas – Le sentí morir hace cinco años; pero, vuelvo a soñar con él a menudo. Sé que físicamente, al igual que yo, él no puede morir fácilmente. Por favor Vincent, dime, ¿sigue vivo?
– Lucrecia… – repuso Vincent con los dientes apretados – Sephiroth está muerto.

Lucrecia se quedó mirando al vacío con el semblante triste. Poco a poco se fue tornando invisible hasta que desapareció finalmente. En su lugar volvió a brillar la fuente de makko. Vincent se arrodilló y lloró en la más absoluta soledad.

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5 comentarios to “Capítulo XXXI – Cuatro”

  1. Segun lo que se la relacion de la que nacio Sephirot y lo que se ve en su sueño era entre Lucrecia y el profesor Hojo, el cual fue tambien el que le disparo a Vincent y quien le transformo en lo que es.¿Es un error o has tomado una licencia artistica?

  2. tuseeketh said

    Hola CodenameXXIII,

    ¡Dios mío! Por supuesto que es un error. ¿En qué estaba pensando cuando puse profesor Gast? Mil gracias por la corrección, te debo una. Cómo me gusta que mis lectores estén atentos ;)

    Saludos y gracias.

  3. No te preocupes. Soy un gran fan de este relato desde que estaba en el esblog. Un saludo y si tienes ganas de chachara coge mi msn
    Y enhorabuena por el tiempo de respuesta, ni 15 min, ujuju

  4. tuseeketh said

    CodenameXXIII,

    desde el esflog, ¿eh? Entonces llevas un buen tiempo siguiéndome la pista. La verdad es que me entusiasma ver que algunos me seguís y esperáis pacientemente las publicaciones. ¡Así le dan ganas a uno de seguir adelante con el relato!

    Espero que estés al acecho de mis próximos lapsus ;)

    ¡Saludos!

  5. Claro que estare al acecho, para algo soy un S.T.A.L.K.E.R

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