Capítulo XXVI – Tres

9 noviembre 2007

Yuffie miró hacia atrás y vio a toda la tropa siguiéndola. Chocó contra un hombre que paseaba por la calle, tirándolo al suelo. “Disculpe”, dijo. Corrió hacia la gran pagoda. Un amasijo de tela roja se plantó delante de ella. Vincent se levantó y corrió en sentido opuesto. Yuffie, acorralada, brincó hacia un lado y se internó en una casa. Vio a Red entrando de un salto por la ventana y a Barret entrando por la puerta. De nuevo acorralada. Saltó con fuerza y se agarró a una de las vigas del techo. Se deslizó a través de la viga a gran velocidad. En la otra punta de la estancia se dejó caer y saltó por la ventana. Topó con algo duro. Era el pecho de Cid. “Te tengo”, le dijo cogiéndola del brazo con fuerza. La joven ninja dejó ir por un momento el saco repleto de Materia y le metió los dedos en el ojo “¡Aaah!”. Recogió el saco y corrió todo lo que pudo.

Pasó por un puente y pudo oír el estrépito de los pasos apresurados del grupo tras ella. Miró hacia delante y pudo ver su casa. “Ahí les perderé”. Entró en su casa y echó el pestillo. Eso entretuvo lo suficiente al grupo como para desaparecer.

– ¡Mierda! – Barret golpeó la puerta.
– Debemos dividirnos – ordenó Vincent.

El grupo se repartió para buscar por el resto de la casa. Era una mansión bastante grande, repleta de pasadizos secretos. Red se dejó guiar por su olfato. Avanzó por un pasillo repleto de reliquias históricas de la antigua Wu-Tai. El rastro era inconfundible. Los humanos adolescentes desprendían un olor muy peculiar. Se encontró frente a una puerta. De un manotazo la abrió de par en par y se encontró en una habitación. Echó un vistazo a una mesa y vio decenas de papeles que hablaban de cómo conseguir Materia. Era la habitación de Yuffie y todavía conservaba su olor. “No está aquí”.

Vincent y Cid avanzaron por el ala este de la casa. Recorrieron el salón y buscaron tras todos los muebles. Vincent no perdía de vista el techo. Cid tiró de todos los tapices en busca de algún pasadizo o trampilla. Nada, Yuffie se había evaporado.

Barret y Tifa avanzaron por el ala opuesta. Llegaron a la zona de los dormitorios. Tifa abría las puertas y Barret entraba con su brazo-arma por delante. Todos vacíos. Todos ordenados y limpios. La decoración era bastante ostentosa. Estaba claro que aquella casa pertenecía a alguien importante de Wu-Tai. Lo que más les llamaba la atención era la ausencia de productos marca Shin Ra. Todo lo que veían eran productos fabricados por y para Wu-Tai. Llegaron a la última habitación. Tifa abrió de un portazo, pero el hombre que dormitaba en su interior ni se inmutó. Descansaba sobre una cama hecha por varias mantas en el suelo y un pequeño cojín de plumas.

– ¿Quiénes sois vosotros? – preguntó el hombre sin tan siquiera abrir los ojos.
– ¿Has visto entrar a una niña con un saco azul? – le preguntó Barret olvidando (o no) disculparse por la irrupción.
– No he visto nada. Dejadme dormir.
– ¿Está seguro? – le imploró Tifa.
– Sí… oye, últimamente hay mucho revuelo por aquí. Demasiado. Incluso he visto Shin Ras merodeando. ¿No tendréis nada que ver con eso, no? Si es así debo pediros que os marchéis de esta aldea. Aquí vivimos tranquilos, no queremos problemas.

Yuffie cayó de ninguna parte y se plantó junto al hombre de la cama.

– ¿Es esto a lo que te dedicas ahora, papá? ¿A dormir todo el día? ¡Eres el líder de Wu-Tai! Me avergüenzas.
– Yuffie, hija.
– Esta gente sí que lucha contra los Shin Ra de verdad. ¿Qué haces tú aquí? Mira a Wu-Tai, se ha convertido en una ciudad de vacaciones.

La muchacha echó una mirada fugaz a Barret y Tifa y se marchó por la ventana.

– Qué voy a hacer con esta chiquilla…

Salieron de la casa a toda prisa. Barret disparó al aire para llamar la atención de los que estaban dentro, aunque llamó también la de los de fuera. Pudieron ver a Yuffie corriendo junto al club donde estaban los Turcos. La persiguieron, pero no quedaba rastro de ella. Barret se apoyó contra un cartel que había en la entrada y leyó “El paraíso de las tortugas. ¡Encuentre nuestras octavillas alrededor del mundo y gane una bebida gratis!”. Echó un vistazo al interior del local. Los Turcos seguían allí, pero ahora había un grupo de soldados de Shin Ra discutiendo con ellos. Leno parecía molesto. Algo se movió fuera. Clavó la mirada en una tinaja que había al otro lado de la entrada. Otra vez. Sin hacer el menor ruido, Barret indicó al resto del grupo que rodease la tinaja. Cuando se hubieron colocado, Cid aporreó con su lanza la tinaja. Nada. La aporreó con más fuerza hasta que reventó. Entonces Yuffie salió de un salto, pero Vincent fue más rápido. La cazó en el aire y le inmovilizó los brazos. No había rastro del saco.

– ¿Dónde está el saco? – le preguntó el ex-Turco.
– ¡Ja! ¿No creeríais que os lo iba a poner tan… ¡AAAAH! Vale, vale. Jo, Vincent, eres un bruto.
– ¿Dónde está?
– Seguidme, lo he guardado en mi casa.

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