Capítulo XXI – Dos

9 noviembre 2007

La temperatura descendía con cada paso que daban. Las provisiones eran más que escasas y el agua se les había acabado hacía unas horas. Marchaban hacia el norte por indicación de Cloud. Estaban subiendo hacia los montes nevados de Iciclos. La pendiente era cada vez más pronunciada y a Red le era cada vez más costoso avanzar al mismo ritmo que sus compañeros bípedos.

Cloud marchaba a la cabeza. Llevaba días sin hablar con nadie. Se había vuelto huraño. Ni siquiera se sentaba con el grupo a la hora de hacer las hogueras. Apenas había dormido, pues sus sueños le atormentaban.

– ¿Qué nos queda en esa mochila? – preguntó Barret con desgana a Tifa.
– Veamos… un poco de pan mohoso, carne podrida y un poco de miel dura como la piedra.
– Qué apetitoso.
– Tengo sed – se quejó Yuffie. Aunque no se quejaba con mucha energía; lo cierto era que se quejaba muy a menudo.
– Todos la tenemos – le respondió Red -. Deberíamos buscar algo.
– ¿Algo como qué? – le preguntó Barret – ¿Crees que encontraremos comida o agua en este puto sitio? Sólo hay piedra y ceniza.
– No es ceniza. Es polvo de piedra volcánica – le explicó Vincent, aunque a Barret no le interesaba mucho aquella lección de geología.
– Muchachos – intervino Cid -, no sé vosotros, pero necesito un descanso. Este maldito loco nos lleva sin descanso monte arriba, sin comida ni agua.
– Iré yo a hablar con él.

Tifa se adelantó y caminó junto a Cloud.

– Cloud…

No hubo respuesta.

– Estamos cansados. No tenemos comida ni agua y no hemos descansado desde hace muchas horas.

Sin mediar palabras Cloud tiró su mochila al suelo y se sentó. El grupo lo agradeció. Encendieron una hoguera y buscaron en vano algo que comer por los alrededores. Yuffie se acariciaba su pequeño vientre plano mientras oía a sus tripas quejarse.

– ¿Aquello de ahí es nieve? – preguntó Barret señalando un pico nevado.
– Sí – le respondió Vincent.
– Genial…

Reemprendieron la marcha más pronto de lo que muchos hubiesen querido. La pendiente se volvió casi vertical. Barret ayudaba a Red a subir por algunos salientes. De forma inesperada apareció una cueva que se introducía en la montaña. Aunque el camino no era mucho mejor por ahí, les guareció de la nieve para pasar la noche. Al cabo de unas horas Cloud los despertó a todos golpeando la roca con su espada. Prosiguieron.
Tras unas horas de monótona marcha encontraron la salida del otro lado de la montaña. Oían el ulular del viento y algo que caía del cielo. Era…

– ¡Nieve!

Cuando salieron se encontraron en mitad de una nevada.

– Deberíamos esperar a que amainara – propuso Barret.
– ¿Amainar? – le respondió Cloud – En Iciclos la tormenta nunca cesa.

Dicho esto siguió andando. La marcha se hizo más dificultosa. La nieve era cada vez más abundante y las ropas que llevaban no les podían aislar de aquel frío. Además, la sensación de tener los pies mojados era harto molesta para caminar.

– Si doy un paso más me muero – dijo Yuffie tirándose al suelo.

Cloud la miró severamente y luego buscó un lugar en el que refugiarse un poco de la nieve. Se apostaron a la falda de una montaña e intentaron encender un fuego en vano.

– Me muero de sed – se quejó Yuffie.
– Joder, la niña tiene razón – la apoyó Cid -. Como no beba algo me voy a quedar seco.

Entre Cloud y Vincent construyeron un pequeño aparato rudimentario que servía para rellenar las cantimploras de agua con la nieve fundida por el efecto del sol. Gracias a Red no tuvieron que esperar tanto tiempo. La nieve se fundía rápidamente y el agua fresca caía dentro de las cantimploras. Todos bebieron con desesperación. Todos excepto Cloud y Vincent.

– Cloud, deberíamos ir a cazar. No tenemos comida – le dijo Vincent.

Cloud asintió. Se marcharon y la cortina de nieve los hizo desaparecer.

– ¿Es que en Shin Ra les enseñan a no ser humanos? – preguntó Barret a todos y a nadie.

Agradecieron aquel descanso, aunque fuera bajo una tormenta de nieve, con frío y hambre. Tras unas horas aparecieron Cloud y Vincent con la cena. Por suerte comer carne de lobo ya no era algo extraño para ellos.

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2 comentarios to “Capítulo XXI – Dos”

  1. Kuraudo said

    “lo ciertO era que se quejaba muy a menudo.”

    “Deberíamos esperar a que amainara…”
    el tiempo de “amainar”

    “Se apostaron a la falDa de una montaña e intentaron encender un fuego en vano.”
    not so sure on this…

  2. tuseeketh said

    Kuraudo,

    “amainara” es la tercera persona del singular del pretérito imperfecto de subjuntivo del verbo amainar. Es correcto así.

    Saludos y gracias.

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