Capítulo XVIII – Dos

9 noviembre 2007

Cloud llamó a la puerta, pero nadie contestó. Dio un rodeo a la casa, observando la avioneta detenidamente. Era realmente una avioneta fantástica, muy sofisticada.

– Perdone, ¿Quería algo?

Cloud se dio la vuelta y se encontró con una mujer. Su pelo era castaño; lo llevaba recogido en una cola bastante alta. Tenía unas gafas enormes que agrandaban sus ojos exageradamente. Vestía una bata blanca, parecía una médico o algo parecido.

– ¿Es usted la dueña de esta avioneta?
– No, el dueño es Cid.
– ¿Dónde puedo encontrarle?
– Está en el cohete. Desde que se enteró de que venía Rufus no ha salido de allí.
– ¡Rufus!¿Aquí? – exclamó Cloud sobresaltado.
– Sí, Cid cree que viene a retomar… ¡Oiga!

El ex-SOLDADO fue corriendo hacia la pensión, a avisar a sus compañeros de que debían permanecer alerta si no querían un encontronazo.

– ¿Crees que nos ha seguido? – le preguntó Barret.
– No lo creo. Esa mujer me dijo que un tal Cid le estaba esperando.
– Y, ¿Quién diablos es ese?
– Es el dueño de la avioneta.
– ¡Genial! No podemos tener peor suerte.
– Escuchad, debo ir a hablar con Cid antes de que llegue Rufus. ¿Alguien me quiere acompañar?
– Yo iré contigo – se ofreció Aerith.
– Está bien, vamos.

Se dirigieron hacia el cohete. Rodearon la estructura sobre la que se apoyaba y encontraron unas escaleras de mano. Una vez arriba, había una camino hecho con tablas de metal que llevaba al interior del cohete. Había luz dentro.
Aerith asomó la cabeza y vio a un hombre agachado, manipulando unos cables.

– ¿Hola?

El hombre giró la cabeza y se incorporó. Se sacó unos guantes amarillos, mugrientos y llenos de grasa.

– ¿Quién coño sois? – dijo en un tono hostil.
– Cloud Strife, ex-miembro de SOLDADO. Ella es Aerith, es… florista.
– ¿No veis que estoy ocupado? Espero que sea importante.
– En realidad nosotros… – empezó a decir Aerith.
– Nosotros queremos saber cosas sobre este cohete – siguió Cloud, que creía haber encontrado la forma de ganarse a aquel hombre huraño.
– ¡Eh! – el hombre sacó un cigarrillo y se lo encendió. Adoptó una pose un poco más relajada – No está mal para tratarse de chavales. Os explicaré qué es el Shinra nº26.

Cid era un hombre de treintaytantos años. Llevaba unas gafas de piloto en la frente que tenían un pequeño compartimento para un paquete de tabaco. Su pelo era rubio, aunque se oscurecía según se alejaba de la frente. Llevaba una barba de dos días, pero no parecía preocuparle. Algunas arrugas atravesaban su frente, producto del constante fruncimiento de sus cejas, debido a su mal humor.
Llevaba una chaqueta de aviador y un pañuelo blanco enrollado en el cuello. Sus pantalones eran de una tela muy dura, parecida al tejano, pero verde. Tenía el aspecto típico de un auténtico aviador.

– Hace tiempo, cuando Shin Ra todavía no se dedicaba al suministro eléctrico… – Aerith dibujó una mueca extraña en su cara – ¿Qué? ¿No lo sabías? Shin Ra nació como una empresa de fabricación de armas. En aquella época sí era una empresa con sueños y ambiciones, no como ahora, que son una panda de chupópteros ansiosos de poder – Cid golpeó con el puño la pared – Bueno, me voy del tema. ¿Por donde iba? Ah, sí. En aquella época Shin Ra invertía gran parte de su presupuesto en el proyecto de exploración espacial. Crearon este cohete, capaz de surcar el espacio… y, ¿A que no sabéis a quien eligieron para pilotarlo? – Cid se hinchó como un pavo real – A MÍ, al mejor piloto del mundo entero. Todo era perfecto, pero tuvo que venir esa estúpida de Shera y echarlo todo a perder. Por su culpa el lanzamiento no salió bien y Shin Ra decidió aparcar el proyecto. Más tarde descubrieron que podían explotar la energía makko y manufacturarla y, bueno, ya sabéis el resto.
– Lo sentimos mucho – le dijo Aerith.
– ¡Bah! No importa, porque hoy viene Rufus, el hijo del presidente. ¡Eso es lo que necesitaba esta empresa, coño: sangre nueva. Seguro que viene a hablar conmigo para retomar el proyecto de exploración espacial. Estoy ansioso por su llegada.
– ¿Así que va usted a surcar el espacio? Increíble – le dijo Aerith.
– Ya lo creo. No todo el mundo puede ser elegido para algo así, pero yo soy alguien excepcional – “Excepcionalmente vanidoso”, pensó Cloud.
– Entonces no creo que necesite esa avioneta que tiene ahí en los próximos días, ¿No?

Cid dio una calada a su cigarro y expulsó el humo lentamente sobre la cara de Aerith.

– Tú me ves a mí cara de gilipollas, ¿Verdad? ¡PUES NO LO SOY! Si todo lo que queréis de mí es el Potrillo será mejor que os vayais por donde habéis venido. El Potrillo es mi pertenencia más preciada. Ya que se me prohibió surcar el espacio, almenos con él puedo surcar el cielo.
– Le compensaremos. Necesitamos esa avioneta – insistió Cloud.
– Mira, chavalín, lo siento. El Potrillo es mío y no os lo pienso dejar. Buscaos otra cosa.

Cloud y Aerith se dirigieron hacia las escaleras, y, justo cuando iban a bajar por ellas, Cloud se dio media vuelta.

– Escúchame, Cid. Conozco a Rufus y no creo que venga a darte trabajo. Más bien creo que vendrá a quitártelo.
– ¡Tonterías! – Cid tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó con furia. Volvió adentro.

Volvieron a la pensión y comunicaron la noticia. Debían buscar un plan alternativo.

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