Capítulo XVII – Siete

9 noviembre 2007

– ¿Te encuentras bien? – le preguntó Aerith al ex-SOLDADO, que yacía estirado con la cabeza apoyada en una roca.
– Sí.
– Te gusta mucho estar solo.
– Me gusta la intimidad.
– Bueno, llámalo como quieras, rancio – le dijo Aerith exagerando una mueca de reproche.
– ¿Has venido a criticarme? – le respondió Cloud entrecerrando los ojos.
– No, he venido a tener sexo salvaje contigo al aire libre – le respondió ella empezando a sacarse el vestido.

A Cloud se le subieron los colores. Le hubiera gustado poder mirarse a un espejo para comprobar si realmente le salía humo por las orejas o era sólo una sensación.

– Es una broma, tonto – le explicó Aerith riéndose y recolocándose el vestido. Le encantaba poner nervioso a Cloud – Me gusta estar contigo, ¿Sabes? Me haces sentir segura.
– Creí que era un rancio.
– Oh, vamos. No te lo tomes todo a la tremenda – exclamó Aerith con los puños en la cadera.
– Lo siento.
– No pasa nada. Estás muy guapo hoy.

A Cloud le descolocaban realmente los cambios de tema de Aerith.

– Bueno, siempre lo estás, pero hoy más.

Cloud no respondió. Ninguna de las respuestas que se le ocurrían parecía buena.

– ¿Me puedo sentar a tu lado?
– Sí.

Aerith se tumbó al lado de Cloud. Le abrazó y posó su cabeza sobre el pecho del muchacho. El calor que le transmitía era agradable. Estaban sin comida en mitad de la sierra, y con muchos kilómetros por delante, pero en ese momento se sentía bien. Aerith tenía el don de hacer de los momentos más crudos, un instante agradable.
La miró desde arriba. Tenía los mofletes rosados. Era tan hermosa que Cloud no podía dejar de admirar cada uno de sus finos rasgos. La textura de sus ojos se arremolinaba, dibujando una figura hipnótica. Su cabello rizado tenía un tacto suave y despedía una fragancia que le transportaba al mismo cielo. Su respiración le transmitía calma.

– Sácate los guantes – le ordenó Aerith, mirándolo de reojo.
– ¿Cómo?
– Que te los saques.

Cloud obedeció atónito. Cuando se hubo deshecho de los guantes, Aerith le cogió la mano y la posó sobre su cara y luego sobre su pelo. Cloud notaba el tacto aterciopelado de su piel. Notaba cada facción de la muchacha pasar bajo las yemas de sus dedos, transmitiéndole un calor que le reconfortaba por completo. Aerith cogió su mano y la besó suavemente. Un escalofrío se extendió por el brazo de Cloud hasta su cabeza. Cloud no era muy bueno captando indirectas, pero empezaba a sospechar que aquello era una declaración en toda regla. Se puso nervioso. Se sentía acorralado. El corazón le latía más fuerte que cuando se encontró cara a cara con Sephiroth. Una parte de él quería marcharse y abandonar aquella situación embarazosa. La otra, le ordenaba que no destrozara aquel clima y que aprovechara el momento.

– ¿En qué piensas?
– En nada – a Cloud se le quebró la voz. Tenía la sensación de que Aerith era capaz de abrir un agujero en su frente y leer todo lo que pasaba por su cabeza.
– ¿Qué te parece Vincent?
– Es un gran guerrero.
– Eso ya lo sé- le dijo ella alargando la última e -, pero, ¿Qué te parece?
– Es un sujeto algo extraño.
– Tiene gracia que lo digas tú.

A Cloud le molestó un poco esto último.

– Creo que si el profesor lo durmió tendría sus motivos. Debemos vigilar de cerca sus reacciones. Su manipulación genética podría ser inestable.
– Si es eso lo que te preocupa – dijo una voz grave que provenía de arriba. Cloud y Aerith dieron un respingo y se separaron. Ahí estaba Vincent, aproyado sobre la punta de una roca con las rodillas flexionadas. Su capa ondeaba al viento -, debo decirte que existe un riesgo.
– ¿Qué riesgo?
– Puedo controlarme en situaciones de calma. Durante la batalla, puedo sufrir alguna alteración aleatoria que puede derivar en una… transformación.
– ¿De qué tipo?
– Un monstruo, una bestia. Llámalo como quieras. No supondrá un riesgo para nadie del grupo, no perderé la consciencia.
– Es bueno saberlo.

Vincent miró a Aerith, que tenía cara de pocos amigos.

– Siento haber interrumpido. Ya me marcho.
– No has interrumpido nada – le dijo Cloud.
– Pues yo creo que sí – Aerith estaba enojada. ¿No significaba nada para Cloud estar con ella a solas?
– Os dejo con vuestras cosas – Vincent desapareció.

Se hizo un silencio algo incómodo.

– Cloud.
– Qué.
– ¿Puedo pedirte algo?
– Sí.
– Cierra los ojos.

Para sorpresa de Aerith, Cloud obedeció sin rechistar. Se quedó un rato observando al ex-SOLDADO. Luego se acercó lentamente, gateando. Sentía ganas de besarle, pero no pensaba ponerle las cosas tan fáciles. Cloud debía aprender a tomar la iniciativa. Le besó en la mejilla y luego se avalanzó sobre él, tirándolo al suelo.

– ¿Pero qué…?
– ¿¡A que no puedes levantarte!? – le desafió ella que lo tenía inmovilizado en el suelo. Su larga melena trenzada ondeaba con el viento.
– Me lo pones muy fácil – le dijo Cloud que se levantó sin problemas, derribando a Aerith sobre la roca.
– ¡Aaah! Me has hecho daño, bruto – Aerith se tocaba la mano lastimada.
– Lo siento, no creí que…
– ¡Has picado! – Aerith se avalanzó de nuevo sobre Cloud, pero esta vez no fue tan fácil. Cloud era rápido de reflejos, así que le sujetó por las muñecas con cuidado para no lastimarla.
– No creas que se puede derribar a un miembro de SOLDADO dos veces con el mismo truco.
– ¿Ah no? – gruñó Aerith que luchaba con todas sus fuerzas por liberarse. Tiró con tanta fuerza que Cloud cayó junto a ella y rodaron un trecho. Finalmente, Cloud dominó la situación – ¡Me rindo, me rindo! – exclamó.

Ambos rieron. Hacía tiempo que Cloud no se divertía así. Sintió ganas de besar a Aerith, pero era demasiado cobarde para hacerlo.

Durmieron juntos.

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