Capítulo XVII – Cuatro

9 noviembre 2007

Yuffie no tardó en encontrar una caja fuerte en la segunda planta. Insistía en que dentro había Materia. “Mi Materia de robo nunca falla”, afirmaba. Discutieron y pronto llegaron a la conclusión de que las instrucciones del papel servían para abrir la caja fuerte. Probaron varios codigos al azar, pero cuando acabaron de introducirlos oyeron una risa siniestra que les indicaba que el código no era correcto.
La mansión era aun más terrorífica por la noche. Cloud y Tifa estaban frente a un ventanal de la segunda planta, observando el pueblo en calma.

– Me parece mentira estar aquí observando Nibelheim, como si nada hubiera ocurrido – dijo Cloud.
– ¿Qué me dices de esas criaturas que hay por todas partes?¿Dónde está la gente?
– No lo sé, pero sí sé que tienen que ver con Sephiroth. En realidad todo esto tiene que ver con Sephiroth.

Tras un largo silencio, Cloud descruzó los brazos.

– Será mejor que intentemos dormir. Mañana continuaremos.
– ¿Piensas dormir aquí dentro?
– Ya lo hice en el pasado. No ocurrirá nada. Vosotros haced lo que queráis.

Tras unas horas de sueño inquieto, Cloud se desveló y se dirigió a la zona de los ventanales de nuevo. La luz entraba a raudales, pero, al filtrarse por los vidrios, adquiría un tono grisáceo que contribuía a crear aquel ambiente funesto.
Aerith estaba plantada frente al ventanal.

– Qué madrugador – le saludó ella.
– Sí.
– Mira, ven – Aerith cogió a Cloud por la muñeca y lo arrastró por un pasillo hasta una puerta oscura. Abrió la puerta y un rayo de luz hizo que Cloud quedara cegado.

La habitación era una especie de invernadero. La pared, de cristal, tenía una forma semicircular. Había plantas por doquier. Las mesas eran de madera y estaban carcomidas. Había una maceta con flores de colores.

– ¿Has visto? Hay flores, ¿No son preciosas? – Aerith sonreía como un niño con un juguete nuevo.
– Sí – contestó Cloud decepcionado. Por un momento había pensado que Aerith había encontrado la respuesta al enigma.

El piano empezó a sonar de forma estridente. El espíritu que lo tocaba no había sido ningún virtuoso del piano en la otra vida. No se acababan de acostumbrar.

– ¡Qué fastidio! ¿Es que nunca se cansan?
– No. Parece ser su… – Cloud se quedó embobado mirando el suelo. Alzó la vista.
– ¿”Divertimiento predilecto”? – dijo Aerith leyendo el pensamiento de Cloud.

Bajaron corriendo las escaleras hasta el hall y torcieron a la derecha. Entraron al gran comedor y pasaron a la sala donde se encontraba el piano. Dejó de tocar al instante. Empezaron a buscar pistas por todas partes.

– “Izquierda diez” – leyó Aerith.
– Ese es el segundo código.
– Por eso dice que no puede pasarse mientras gira. Debemos llegar al 10 girando hacia la izquierda.
– Así es. Avisemos a los demás.

Escucharon un aullido de Red que provenía del hall. Solía hacer eso cuando quería reunir al grupo. Cuando estuvieron todos reunidos se dispuso a hablar.

– Quiero deciros que aquí…
– ¡Hemos encontrado un código! – interrumpió Aerith.
– ¿En serio? – dijo entusiasmado Barret.
– Sí, es izquierda diez. Debemos girar el disco en un solo sentido para cada número. Ya sólo quedan tres claves.
– Sí, pero sólo hay tres escritas. Ya me diréis como encontraremos la cuarta – se lamentó Tifa.
– Eso mismo pretendía explicar – se quejó Red con voz ronca – todos le prestaron atención entonces -. Os he llamado para deciros que en esta nota hay algo más escrito, aunque no se ve.
– Y, ¿Cómo lo sabes, tío listo? – le preguntó Yuffie.
– Porque poseo un olfato que ni el mejor de los humanos podría soñar con tener – le replicó el animal con aire de superioridad. Desde que se había enterado de que era el hijo de uno de los más bravos guerreros de su tribu, se había vuelto algo más arrogante -, y os digo que aquí huele a otro tipo de tinta que tiene un olor mucho más fuerte.
– Cómo no lo había pensado antes – se reprochó Cloud -. Durante mi permanencia en SOLDADO tuve que repartir cientos de mensajes escritos con tinta invisible. Es una medida de seguridad típica de Shin Ra, para proteger sus datos en caso de pérdida.
– Y, ¿Cómo vamos a saber lo que pone? – le preguntó Tifa.
– Tranquilos, sé como verlo.

Los dos hallazgos seguidos hicieron que el grupo se animara. No duró más que unas horas, pues pasaron dos infructuosos días más antes de que encontraran alguna otra prueba. Todos leían y releían lo que ponía en el papel. “Oxígeno” no daba mucha información y la del crujido hacía que se devanaran los sesos sin resultado. Fue Barret quien dio con la pista.
Después de comer, decidió recorrer toda la casa de cabo a rabo. Tras pasar por un pasillo, se encontró en mitad de otro mucho más largo. Cuando entró casi le explota el corazón. Al pisar la primera tabla se oyó un crujido que retumbó por toda la casa. No era el crujido normal que hace la madera vieja al presionarla, era un crujido que parecía venir de muy lejos, reverberando en la mansión. Ése debía ser, sin duda, el crujido al que se refería la pista número tres.

Tras haberse reunido y recibido la noticia, siguieron a Barret hasta el pasillo en cuestión. “Tras el crujido, cinco y dos siniestros; y nueve y seis diestros”. ¿A qué se refería la nota cuando hablaba de diestros y siniestros? Todos pensaban cuando Caith Sith brincó hacia el centro y se puso a bailar.

– Sé la respuesta – dijo con su odiosa voz de pito, casi recitándolo.
– Y, ¿Cuál es? – le preguntó Barret incrédulo.
– Está claro que habla de pasos. Debes situarte en la entrada, donde suena el crujido y caminar cinco y dos, o sea, siete pasos a la izquierda; y nueve y seis, o sea, quince pasos a la derecha.
– ¡Eso es!
– Falta algo – repuso Cloud sin mostrar ningún indicio de alegría.
– ¿Qué?
– ¿Por qué separa los pasos en dos grupos? No creo que sea al azar.
– Muy cierto… – Barret se limitaba a opinar acerca de los hallazgos de los demás.
– Deben ser cinco pasos a la izquierda, nueve a la derecha, dos a la izquierda…
– ¡Probemos! – dijo Yuffie saltando hacia la entrada y haciendo sonar el crujido.

Caminó cinco pasos hacia su izquierda. Levantaba la pierna exageradamente, parecía estar andando por un campo de minas. Todos la seguían de cerca dando pequeños pasos. Era una situación algo cómica vista desde fuera. Cuando dio el quinto paso, una puerta quedó a su derecha. Ella señaló la puerta insistentemente.

– Nueve pasos a la derecha… – musitó para ella.

Atravesó la puerta con los mismos andares ridículos. Tras nueve pasos, giró a la izquierda. Dio dos pasos, lo que le permitió rodear una cómoda que se le interponía. Se giró a la derecha y dio seis pasos más. El último paso lo dio poco a poco, como si equivocarse de un centímetro pudiera ser una catástrofe. Todos miraban inclinados lo que había delante de Yuffie: nada. No había nada. Buscaron alrededor, pero la habitación estaba vacía.

– Algo hemos hecho mal – afirmó Cloud.

Yuffie, que no se había movido, levantó el pie, y fue entonces cuando vieron la respuesta. La suela de la zapatilla de Yuffie empezó a brillar a modo de linterna. Extrañada, retorció su pierna para ver la suela. El tercer código estaba grabado en ella y emitía una luz pálida. Leyó el código en voz alta, excitada. El código desapareció de su suela como por arte de magia.

– Desde luego ese tío era un genio – exclamó asombrado Barret.
– No lo dudes – le confirmó Cloud.

Ya tenían tres de los cuatro códigos. Las mentes de todo el grupo le daban vueltas a la única palabra que les serviría para desentrañar finalmente el misterio de la caja fuerte y el sótano.
Estaban comiendo lo poco que les quedaba de los víveres de Cañón Cosmo, cuando surgió una conversación que hizo encenderse una bombilla dentro de la cabeza de Tifa.

– ¿Dónde está Aerith? – preguntó Barret con la boca llena.
– Está en la habitación de las plantas – le respondió Red.
– Se pasa el día allí.
– Y la noche también. Esta noche he estado merodeando y me la encontré allí dentro – era habitual en Red merodear por las noches. Su raza no necesitaba dormir tanto como los humanos y tenía alma de guardián.
– Mi abuela siempre decía que dormir con plantas es muy malo… pueden asfixiarte.

Tifa dio un respingo y se incorporó rápidamente. Salió corriendo como pólvora que carga el diablo escaleras arriba. Dobló la esquina y entró en la habitación de las plantas. Allí estaba Aerith con los dedos entrelazados, respirando profundamente el oxígeno que le brindaban las plantas.

– ¿Ocurre algo? – preguntó extrañada.

Tifa no le respondió. Empezó a levantar todas las macetas, una por una. Después de mirar la más grande de todas, se giró con una sonrisa triunfante.

– ¡”Derecha treinta y seis”!.

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