Capítulo XIV – Tres

8 noviembre 2007

Barret marchaba en cabeza con aire orgulloso. Se había convertido en el héroe del día, aun siendo una pequeña rana. La verdad, ni siquiera entendía como había podido remover la tierra de esa forma, pero le daba igual, lo había hecho.

Llegaron a un puente levadizo y Yuffie tuvo que encaramarse hasta una caseta que había varios metros por encima para bajarlo. Tras rodear la montaña se encontraba la entrada a Corel. Barret volvió a los brazos de Tifa antes de llegar.

Era el pueblo más deprimente que jamás hubieran visto. En realidad, ninguno de ellos lo habría calificado de pueblo si le hubieran preguntado. El lugar era un revoltijo de escombros, barro y tiendas de campaña. Nadie se movía. Todos los habitantes estaban echados en el suelo, sucios, con la mirada perdida. El hedor y las moscas convertían aquel lugar en un vertedero gigantesco. Se podían llegar a echar de menos los suburbios tras ver aquel panorama.
Avanzaron lentamente, mirando a su alrededor. Aerith se sobresaltó cuando algó tiró de su vestido.

– ¡Comida!, ¡Comida! Por favor… – un hombre que estaba al borde de la muerte miraba con sus protuberantes ojos a Aerith mientras le caía un hilo de baba.
– No tengo comida lo… ¡Lo siento! – dijo mientras daba un tirón y el hombre hundió la cara en el barro. No la volvió a levantar.

Había una zona donde las cabañas parecían algo más decentes. Entraron en la primera que vieron y encontraron a un anciano sentado en la mesa durmiendo, con un vaso de alcohol en la mano. El hombre se sobresaltó y los miró a todos con sus ojos amarillos y llenos de derrames.

– ¿Qué diablos quieren? – tenía una voz grave.
– Verá, necesitamos un beso de doncella. ¿Sabe si hay alguna tienda cerca de aquí?
– ¿Tienda? JA, JA, JA – el hombre reía tan lentamente que parecía que se le había olvidado como se hacía – ¿Crees que hay mucho que comprar en este vertedero?
– Al menos lo admiten – dijo Yuffie distraídamente mientras examinaba el interior de la cabaña.
– Mirad, el único que se atreve a vender cosas aquí es Jack. Está justo al final de la vía del tren, en el centro del pueblo.

El final de la vía no podía ser más brusco: un montón de chatarra puesta desordenadamente cortaba el paso. Justo allí había un hombre que iba vestido con algo que en su día podría haber sido blanco. Tenía una pequeña manta azul delante llena de objetos extraños.

– Perdone… ¿Vende besos de doncella? – preguntó Aerith con una sonrisa.
– Madre mía, por ti vendo lo que sea.
– Entonces espero que tengas – dijo guiñándole un ojo.
– Veamos… has tenido suerte – el hombre cogió un frasquito lleno de algo incoloro – Aquí tienes – Aerith iba a coger el frasco cuando el comerciante lo retiró bruscamente – Lo siento, primero el dinero. Son doscientos cincuenta guiles.
– Claro – Aerith se giró y Cloud, que era el tesorero por el momento, le alargó el dinero – Tenga.

Tifa dejó a Barret en el suelo. La rana se negó rotundamente a beberse el antídoto. Empezaron a desesperarse, no entendían las prisas por encontrar un beso de doncella para más tarde ignorarlo. Finalemente Cloud cogió a Barret con fuerza y le abrió la boca.

– Que se lo trague ya y acabemos con esto.

Barret se lo tragó a regañadientes. Empezó a cambiar de color. Poco a poco su tamaño aumentaba y el bello le asomaba por todas partes. Finalmente la ropa que llevaba se le enroscó por el cuerpo salida de la nada. Barret estaba de vuelta.

– ¡Que me lleven los demonios! – exclamó el vendedor incorporándose – ¡Mirad quien ha vuelto!

Todo el mundo dirigió su mirada hacia Barret. Muchos empezaron a levantarse. Caminaban como zombis, clavando los ojos de forma asesina en el hombretón, que ahora parecía empequeñecerse. El pueblo entero había cobrado vida en un momento, una vida que surgía del mismo odio. Un hombre manco y con media cara quemada, que estaba sobre los restos de un camión, cogió un tubo de hierro y lo lanzó contra Barret, que no se molestó en esquivarlo. El tubo acertó en su cabeza e hizo que Barret se tambaleara un poco, pero siguió mirando el suelo sin decir nada. Un griterío se alzó de repente y empezó una lluvia de objetos, a cual más pesado.

– Barret, ¿Qué es lo que pasa aquí? – dijo Cloud mientras se cubría con la espada.
– Corred, eso es lo que pasa.

Barret precedió a los demás en la carrera. Corrieron hacia el suroeste, por un camino arenoso, pasando por debajo de un cartel, en el que no repararon, que rezaba “GOLD SAUCER”. Llegaron a una especie de estación de funicular. Un vehículo que se impulsaba mediante dos hélices verticales esperaba con las puertas abiertas. Estaba colgado de dos raíles que se perdían entre las nubes.

– Vamos, subid – les ordenó Barret mientras esperaba en la puerta para entrar el último mientras vigilaba el horizonte. Cuando todos hubieron entrado, cerró la puerta tras él.

El funicular subía cada vez más alto y Red empezaba a tener molestias en los oídos. Estaban sentados en el banco circular y las vistas eran estupendas. Atravesaron una nube bastante densa, lo que hizo que desviaran la atención de las ventanillas.

– Barret – dijo Cloud en un tono áspero – Nos debes una explicación.
– Lo sé… veréis, en realidad tienen razón, todo es mi culpa.
– ¿La culpa de qué? – preguntó Yuffie que había sacado unos frutos secos de su mochila y se los comía desenfrenadamente.
– De qué va a ser… de como está Corel.
– Suéltalo, y te sentirás mejor contigo mismo. De paso podremos descansar un rato si no hay más preguntas – dijo Red que daba golpes contra el suelo con la cola y, cada vez que lo hacía, el fuego parecía desvanecerse momentáneamente.
– Está bien – Barret carraspeó – Como ya sabéis, antiguamente Corel era una ciudad minera. Gran parte de la energía se obtenía del carbón, de modo que Corel era un lugar rico y próspero. “Todo el mundo encuentra su fortuna en Corel”, se decía. Pero el tiempo pasó y el carbón quedó obsoleto. Los Shin Ra llegaron y nos propusieron el plan del reactor makko. Todo parecía maravilloso: trabajo para todos, energía limpia y grandes beneficios…

>>Yo apoyé el proyecto Shin Ra por aquel entonces, pero mi mejor amigo, Dyne, se negó a aceptarlo. Se discutió en multitud de reuniones con el alcalde y los Shin Ra, pero Dyne no cedía. Sostenía que toda su familia desde antaño habían sido mineros, que la gloria de Corel se debía a las minas de carbón y que no entregaría ese privilegio a una empresa privada. Cuánta razón tenía, cómo pude ser tan estúpido… – Barret negaba con la cabeza.

>>Finalmente el alcalde aprobó el proyecto Shin Ra, respaldado por mí, y yo firmé el permiso de demolición de las minas. El alcalde y yo teníamos proyectos para la nueva Corel. Estaba tan emocionado, tenía tantos planes que me olvidé de mi amigo Dyne, al cual traicioné. Al traicionarle a él, uno de los mineros más veteranos y de los más prestigiosos, traicioné a gran parte del pueblo de Corel. Pero yo estaba demasiado ciego…

>>Por suerte, Corel prosperaba y el pueblo empezó a sentirse más a gusto con el reactor de makko. Dyne seguía mostrándose reticente, pero no podía negar que había sido una buena idea.

>>Un día ocurrió algo mientras Dyne y yo estábamos ausentes. Las tropas de Shin Ra arrasaron Corel. Entraron y exterminaron a gran parte de la población y quemaron nuestras casas, a nuestros amigos… a nuestras familias… – los ojos de Barret se humedecían – Yo perdí a mi esposa, Myrna.

– Pero, ¿Por qué? – preguntó Tifa quien desconocía aquella historia tanto como los demás.
– Hubo una explosión en el reactor y Shin Ra culpó a los habitantes de Corel. Dijeron que se debía a una coalición rebelde que intentaba interponerse en los planes de Shin Ra S.A. Serán cerdos…
– ¿Oís? – interrumpió Yuffie – ¿Qué es esa música?

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