Capítulo XIV – Dos

8 noviembre 2007

Durante el siguiente día fue todo un suplicio soportar el calor y a Barret croando de forma estridente, ininterrumpidamente. El segundo día de viaje fue más llevadero. Barret se rindió al fin y se resignó a viajar en los brazos de Tifa.

Habían dejado atrás la llanura y el paisaje se tornaba abrupto. Alguna que otra planta asomaba entre las piedras, demostrando que la vida se abre camino allá donde se esté. Algo ocurrió durante el ocaso que rompió la rutina del viaje. Encontraron a un hombre mayor que avanzaba con dificultad. Parecía malherido. Cuando los vio, se echó al suelo. Todos corrieron a su encuentro.

– ¿Se encuentra bien? – preguntó Aerith.
– No… no… estoy mal – el hombre se apretaba el pecho – no era humano…
– ¿Quién? – dijo Cloud adelantándose.
– No lo sé. Un hombre… llevaba una capa negra…
– ¿Hacia donde se marchó? ¿Lo viste?
– ¡Cloud! – gruñó Aerith – ¿Qué le ha hecho? ¿Podemos ayudarle?
– No lo sé – al hombre se le desfiguró la cara – Le pregunté si podía ayudarle y… me miró… y… – su cara reflejaba pánico – me sentí deshacerme por dentro… Dios… me estoy muriendo… me estoy…
– Ha muerto. No perdamos más el tiempo, vamos en la dirección correcta.

Tras varias miradas de angustia hacia Cloud el grupo decidió marchar. No había nada que hacer, Cloud tenía razón, aunque la frialdad con que anunciaba la muerte del anciano era cruel.
Avanzaron hasta la cima de la montaña y contemplaron el reactor de makko de Monte Corel. No parecía haber mucha actividad. El reactor estaba hundido y lo que veían era la parte más alta, que sobresalía y parecía vigilar que todo estuviera en calma a su alrededor mientras abajo los trabajadores fabricaban Materia y manufacturaban energía makko. Había un portón del que salía una vía de tren. Shin Ra transportaba la Materia directamente en tren a Corel. Una vez allí podían distribuirla fácilmente. Sobre el portón había una enorme placa con el logotipo de Shin Ra S.A.

Barret croó señalando hacia la vía del tren.

Aquélla fue la ruta. Rodearon el reactor y descendieron hasta la vía del tren. Cloud echó un vistazo al reactor de Shin Ra que se elevaba en mitad del monte, desafiante. Era una clara muestra del poderío de Shin Ra, de su omnipresencia, de su control.

Avanzaron durante la noche, sin miedo a que un tren les sorprendiera. Pasaban por encima de un pequeño valle. La vía se sostenía sobre una estructura de madera que parecía tener más años que todos ellos juntos. A veces un crujido hacía que todos se detuvieran y se miraran con cara de circunstancias. Red avanzaba el primero. No parecía tener ningún tipo de vértigo, es más, a veces hacía saltos inesperados de un raíl al otro con una precisión felina. De pronto, echó a correr y se paró a unos cuantos metros. Luego volvió y su cola ardía con fuerza.

– ¡¡¡Cokatolis!!! Una bandada. ¡Tenemos que escondernos!
– ¡Ya me dirás dónde! Estamos en mitad de la vía – gritó horrorizada Tifa, sujetando a Barret que croaba intentando soltarse y miraba a Cloud con aire recriminatorio – Nos harán caer.
– Eso si no nos convierten en un pedrusco – dijo Yuffie tranquilamente, como si la idea de convertirse en una estatua viviente fuera una experiencia cotidiana.

Una bandada de pájaros enormes se avalanzó sobre el grupo. Eran blancos, con las plumas de la cola y la cabeza de color rosado. Graznaban furiosos alrededor de ellos. El más grande se plantó delante les retó con la mirada. Más allá era su terreno, y debía defenderlo. Sin más preambulos, Cloud hizo que un rayo cayera del cielo y electrocutara al pájaro, que se desplomó sobre la vía y luego cayó al vacío. Todos lo miraron.

– Cuanto antes sepan que no somos amigos, mejor.

Los pájaros se lanzaron al ataque. Subían describiendo círculos para lanzarse en picado sobre ellos. Red lanzaba enormes llamaradas y algunos pajos caían calcinados, sin vida. Cloud hacia lo propio con su Materia de rayo. Yuffie decapitaba a todo el que se acercaba, pero los pájaros les ganaban terreno. Eran decenas y se arremolinaban a su alrededor, acorralándolos. Barret croaba e iba de aquí para allá, furioso. Su aversión hacia aquellos pájaros era evidente.
Se apretujaron un poco más, ya casi los tenían encima. Los pájaros seguían dando graznidos y cerrando el círculo.

– ¡Vamos a morir! – gritó Tifa que no pudo contener su temor, agachándose y cubriéndose la cara.

Barret profirió un berrido que llamó la atención de todos, aunque pronto dejaron de mirarlo, pues la tierra parecía temblar. La vía en la que estaban se tambaleaba y los pájaros se dispersaron al ver que todo se elevaba. La vía empezó a inclinarse hacia delante y cada vez era más difícil sostenerse. Acabaron rodando vía abajo, como si se deslizaran por un tobogán. Aturdidos como estaban, nadie supo decir durante cuanto tiempo cayeron, pero para cuando llegaron abajo ya estaban en tierra firme. Uno a uno fueron recuperándose.

– ¿Qué demonios ha pasado? – preguntó Tifa que no entendía nada.

Cloud sonrió y se sacudió el polvo de la ropa. Se peinó el flequillo y puso sus manos en su cadera, adoptando su pose chulesca que Barret tanto detestaba.

– Me temo que nuestro amigo Barret es más diestro con esa Materia elemental de tierra de lo que nosotros pensábamos.

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